Por Debajo de la Mesa

 ¿Quién corta el jamón mientras cortamos alegremente el salame?
 

Foto: Apega

Todo intento por cuestionar la diversidad que se sienta a la mesa recibe arroz a granel. Es comprensible. Si algo ha logrado la gastronomía es convocar –al menos en el discurso- a la unión de los intereses particulares. Si la política es disenso y atomización, la gastronomía se presenta como reconciliación y comunión. El desprestigio de la primera como agente de articulación y cohesión social tiene en la segunda su contraparte esperanzadora. El punto de quiebre parece haber ocurrido entre 1984 y 1994. Quien haya entrevistado a los protagonistas de la feria Mistura puede darse cuenta de lo mucho que sus historias se parecen entre sí. Sus canastas familiares colapsaron por la inflación, los despidos masivos los dejaron en la calle y el terrorismo los terminó de arrojar a la informalidad. Como la mayoría tenía buen paladar –y era la comida lo que más escaseaba- se dedicaron a llevar a la vereda sus platillos caseros. No más pan popular ni leche Enci. Veinte años después, tienen la capacidad para pagar S/. 30 mil por el alquiler de un stand en la feria y servir mil porciones diarias durante diez días. Evidentemente, no quieren saber nada del gobierno ni de cualquier tema que suene a política.

Felipe Osterling (PPC) y Gastón Acurio (AP) no merecerán el reconocimiento de una ciudadanía siempre ajena a la desprestigiada labor legislativa. Pero sí sus hijos. Los descendientes de familias como Berckemeyer o Piqueras ya no buscan continuar la tradición de manejar alguna embajada o una curul. Ahora prefieren colgarse el prestigioso mandil de chef.

La gastronomía ha demostrado su fabuloso poder productivo y económico. Pero, ¿quién corta el jamón mientras cortamos alegremente el salame? El riesgo de extrapolar el armonioso discurso culinario a todo un país es cubrir con un velo (o un mantel) lo que sucede por debajo de la mesa. Porque la política peruana subsiste, aunque nos pese, al igual que los conflictos y fricciones sociales.

1958: Eudocio Ravines, Pedro Beltrán, Víctor Raúl Haya de la Torre y Manuel Odría.

La imagen de un Perú gourmet es la de un país multicultural y atemporal que invisibiliza sus conflictos. Un súmmum de diversidad sin perspectiva histórica. Una mesa redonda donde nadie se sienta a la cabecera. Basta una mirada al comercial de la Marca Perú para ver un discurso que omite las fricciones históricas que hicieron posible la misma gastronomía que se festeja. ¿Y cuál es el problema? se preguntan los comensales con la boca llena. Son varios. En primer lugar, que la arcadia post colonial de Perú, Nebraska, corre el riesgo de celebrar una diversidad apolítica y, entonces, ficticia. Un mismo agricultor puneño puede ser considerado un artista en el cultivo del café y un salvaje electarado a la hora de las urnas. Se aplauden las expresiones musicales, culinarias y deportivas de artistas provincianos como Magaly Solier. Pero pobre de ella si decide hablar de política. En segundo lugar, el peligro es naturalizar, validar e incluso glamourizar fenómenos como la esclavitud. No nos sorprende, por ejemplo, que Teresa Izquierdo haya muerto como la cocinera de la misma familia para la que cocinó su madre y su abuela. O que el talento de Javier Wong sea el resultado de la inmigración de culíes.

Pero hay otro problema en esa visión ahistórica. Una mirada al pasado puede develar el rol crucial que ha tenido la comida a la hora de la manipulación, el populismo y la demagogia. Muchas de las bases chapistas se consiguieron reclutando niños por un plato de picada. Y pocas promesas tan efectivas como el pan con libertad para justificar los dolorosos y traumáticos reacomodos. Pero nada nos duele demasiado, y cada golpe parece ser solo un aperitivo, como recuerda González Prada, porque “desde las azotaínas chilenas se nota en el país una furiosa rabia de comer”. Mientras las masas eran compradas a granel, las élites eran sensualizadas a través de los banquetes. Durante las últimas elecciones presidenciales –creación heroica- las unas aprendieron a manipular a las otras directamente a través de canastas sanisidrinas.

2007: 1) Agustín Mantilla 2) Óscar López Meneses 3) General del Ejército en actividad Roberto Vértiz 4) Javier Ríos, candidato al Tribunal Constitucional. 5) Comandante EP en actividad José ‘Chino’ Cuadra. 6) Jorge Luis Mantilla, hermano del ex ministro aprista. (Foto e información: Caretas)

El aceite extra virgen de la gastronomía ha servido para lubricar socialmente las asperezas de cualquier autoritarismo. Allí están los banquetes que los Miró Quesada le ofrecían a Sánchez Cerro, la parrillada en la Diroes, el pisco con butifarra y las corvinas fritas nadando en su limón. El ensayista lo explicó mejor a inicios del siglo pasado: “abundan hombres que teniendo una copa de vino y un churrasco, viven dichosos sin importarles nada que un bárbaro de charreteras nos desplume y nos abalee ni que otro bárbaro de tiros cortos nos desnude y nos ahogue en una pila de agua bendita”.

 Toda oposición puede disolverse en un buen potaje, y todo disenso se resuelve con una buena comida. Lo supieron líderes políticos como Haya de la Torre o Agustín Mantilla (hay que ir al Chelsea de los Mantilla, extraordinario restaurante trujillano). Como dijo Antauro Humala, la mesa está servida.

Carlos Cabanillas

Respuesta a Enrique Sánchez Hernani

Fuente: brandautopsy.com

(Nota: esta es una respuesta a un par de comentarios de ESH a mi post anterior. Para leerlos, clikea aquí)

Estimado Enrique, algunas precisiones:

Me sorprende mucho, y lo digo con buena onda como siempre, ese conformismo que transpiran tus comentarios. Si tú fueras un poeta joven que nunca se enteró de cómo era El Dominical en sus buenos tiempos, entendería (y con mucho esfuerzo) que te guste el trabajo (yo lo llamaría el desastre) que está haciendo Martha Meier en el suplemento. Pero tú sí viviste un tiempo mejor, cuando había una prensa cultural digna de llevar ese nombre. Y quiero que te pongas la mano en el pecho, como quien canta el himno nacional, y me respondas: tú que leíste el Dominical de Alat, aquel que estaba consagrado a la literatura, a la crítica y a la creación,  ¿no sientes vergüenza ajena cuando contemplas el mamarracho en que lo ha convertido la Meier? ¿Realmente puedes compararlos? ¿Crees realmente que es un suplemento que honra su tradición?

Tu argumento, además, es de una complacencia terrible: según tú, como es inviable económicamente mantener un suplemento literario, pues hay que matarlo y convertirlo en ese panfleto seudoecológico que se edita todos los domingos. En Chile, por ejemplo (no te digo Londres o París) hay un diario tan conservador como El Comercio, que es El Mercurio, y que tiene un suplemento literario excelente, digno del Primer Mundo. La diferencia es que los dueños de El Mercurio son capaces de mantenerlo porque no creen que el conservadurismo esté peleado con la cultura: eso es lo que los diferencia de aquellos que te emplean. Y eso no solo sucede en Chile, sino en Argentina, en Colombia, en Uruguay o en México. El Comercio, los domingos, tiene más de cien páginas consagradas a los más diversos temas, desde jardinería hasta mascotas: ¿por qué eliminar los espacios literarios, o reducirlos a la mínima expresión? ¿Porque no vende? ¿Cuál es entonces tu política cultural? ¿La de Ferrando? ¿Hay que ofrecer lo que le gusta a la gente para poder recabar más plata? ¿Un diario como El Comercio debe sacrificar toda inclinación seria por la cultura, hacer de la reseña un cherry, del Dominical un chiste y de Somos un encarte para viejas pitucas? No lo creo, pero si eso es lo que crees, discrepo totalmente contigo. A propósito, sé que vas a sacar un libro. Te pregunto: ¿Te gustaría que hubiera una crítica seria sobre él? Si quieres que eso suceda en El Comercio vas a tener que esperar sentado. No hay nadie que haga crítica en el diario decano. ¿No te frustra eso?

Por otro lado, para hablar de esa panacea periodística que te parece la revista Somos, temo que te equivocas. Porque Somos, desde hace veinticinco años, es un magacín familiar. No desde que lo asumió el Correveidile. Pero la diferencia es que antes lo asumieron periodistas de verdad, gente que tenía cultura, como Ampuero (quien me cae mal, pero es mil veces más periodista que Lavado) o Malca, gente que si bien nunca se inclinó por hacer de Somos una revista cultural, siempre concedió un espacio a la literatura peruana. Ahí están los ejemplos que ya cité en mi comentario anterior. Que Lavado haya dado espacio a Fuguet (ni siquiera por un libro, sino por una película, se te escapó ese detalle) y alguna vez a Marías, no me dice nada. Además, mi pregunta era puntual, y era por el interés de Somos por literatura peruana. Porque Lavado, como muchos otros, cree que la cultura peruana es la gastronomía, a la que sí le dedica artículos una y otra vez. ¿Qué hubiera pensado el joven ESH de finales de los setenta, aquel que reseñaba y criticaba afiladamente a Montalbetti, a Pimentel, a Verástegui, de esa revista y su trato con la cultura? Me gustaría saberlo, la verdad.

Me parece increíble, Enrique, que tu conclusión sea esta: Somos está muy bien, Lavado es un periodista A1 (aunque no precisas qué ha hecho para serlo), Martha Meier es una adalid de la cultura nacional y este es un Dominical al que no le podemos reprochar nada. ¿Para qué quejarnos, si la prensa cultural peruana es lo máximo?

Por último, no entiendo bien tu segundo mail con su precisión y su “sorry” final, porque que yo sepa no tengo ningún libro que espere una reseña tuya. Solo para precisarlo y no suscitar malentendidos.

Un saludo afectuoso también para ti.

José Carlos Yrigoyen.

Crítica raquítica

Fuente: Banalities

Cuando leo a los actuales reseñadores literarios de la prensa limeña extraño la página de crítica de libros que durante los años noventa mantuvo Rocío Silva Santisteban en Somos. No quiero decir con esto que Silva Santisteban fuera nuestra Michiko Kakutani ni mucho menos. Pero el poquísimo espacio que le asignaban, limitado como para fundamentar sus opiniones, lo administraba con suficiente criterio como para cumplir el requerimiento básico que se le exige a alguien al que se le encarga un espacio destinado a criticar las novelas, poemarios y ensayos que aparecen cada semana: decir lo que en verdad piensa. Arriesgar mínimamente una opinión. Pasar por la experiencia, nada agradable, es cierto, de quedar de vez en cuando mal con alguien. Recuerdo algunas reseñas suyas donde era terminante y hasta feroz con los libros que le disgustaban; como por ejemplo, cuando destrozó uno de las tantas insufribles entregas con las que Edgar O´Hara nos torturaba por esa época: En una casa prestada. Rocío llegó a preguntarse públicamente cómo era posible que existieran editores que permitieran que semejantes bodrios vieran la luz. Por lo que sé, O´ Hara nunca le perdonó ese ejercicio de sinceridad. Recuerdo también críticas negativas a otros poetas y narradores que eran amigos y conocidos de la autora de Ese oficio no me gusta, como Mary Soto –por su libro Limpios de tiempo– o Sergio Galarza –por su colección de relatos Todas las mujeres son galgos. Recuerdo también, y más nítidamente, que a mi primer libro, un pecado juvenil, también le dio con palo. Y estaba bien. En fin: uno podía criticarle muchas cosas a RSS, pero no que careciera de los ovarios suficientes para estampar en letras de molde su auténtico punto de vista.

Pues bien, ¿qué ha pasado con la crítica literaria de los medios en esta última década? Con muy honrosas excepciones, esta prácticamente ha desaparecido. Algunas publicaciones la   eliminaron un buen día de sus páginas sin el menor remordimiento –como es el caso de Correo, el pasquín dirigido por Aldo Mariátegui- y otros se la encomendaron a gente que, o no da la talla para ejercerla, o la toma como un trabajo rutinario y aséptico en el que la finalidad principal es pasar piola. Es decir, completar el número establecido de palabras sin decir absolutamente nada relevante o cubrir indiscriminadamente de flores a cualquier volumen que llegue al correo de la redacción.

Querido lector de Nosotros Matamos Menos: ¿alguna vez ha leído usted, en todos estos años, una sola crítica negativa pergeñada por José Donayre Hoefken, encargado de la sección de libros de la revista Caretas? Yo, nunca. Todas ellas son decididamente entusiastas: jamás entablan una sola atingencia a los libros sometidos a su escrutinio. Si mañana hubiera una hecatombe nuclear y solo quedaran las críticas de Donayre para estudiar lo que fue la literatura peruana reciente, cualquiera creería que vivimos una Edad de Oro en nuestras letras; que cada semana en el Perú era publicado un libro estupendo, de gran calidad; que cada mes surgía un joven poeta cuya opera prima sugería un Eielson o un Hinostroza en potencia. La realidad, como nosotros sabemos, es muy distinta, y por eso me queda la sensación de que Donayre vive en una dimensión paralela, donde cada vez que se asoma por la ventana contempla Picadilly Circus o cualquier otro de los centros culturales más fulgurantes del mundo literario contemporáneo.

Si bien ya de El Comercio y de la camarilla de ignorantes que lo maneja no se puede esperar nada, es una lástima lo que ha sucedido en los últimos años con la ya fenecida columna semanal de Ricardo González Vigil, quien siempre fue un crítico más que respetable. Pero hay que ser honesto, pues: sus columnas, en los últimos años, eran la mar de confusas. No sé si el motivo de ello sea que le editaban los textos de cualquier manera o si se le acababa el espacio antes de poder llegar al meollo de lo que quería decir, pero en la mayoría de los casos terminaba hablando de cualquier cosa antes que de la obra que debía ser motivo de su reseña. Por otro lado, ¿no es ya un poco monótono que un crítico viva calificando cuanto libro analiza como “extraordinario” “portentoso” o “formidable”?  No obstante lo apuntado, que la columna de RGV deje de ser publicada es un hecho lamentable, pues de todas formas es un espacio perdido. En cuanto a la sección de libros de la revista Somos, regentada por Enrique Sánchez Hernani, el problema es distinto: ni con la mejor voluntad del mundo se puede hacer una crítica seria cuando se te pide que ella no exceda las dos líneas de un texto de Word. Eso, como ya apunté en un post anterior, se debe a la visionaria labor de Eduardo Lavado, quien considera que una reseña no debe tener más caracteres que uno de los telegráficos chismes faranduleros del Correveidile, su máximo aporte al periodismo nacional. Bip.

De los demás reseñadores es poco lo que se puede decir (o no se puede decir nada distinto a lo anterior): o ejercen una crítica que juega al avestruz (pura descripción, cero opinión, o, lo que es peor, una desmedida generosidad con todo los libros que reciben) o las páginas culturales de los medios en que laboran son tan insignificantes que es como si no existieran. La salvedad a esta regla es Javier Agreda, crítico del diario La República. No lo digo porque esté de acuerdo siempre con él (en realidad, de cada diez reseñas que publica, discrepo con ocho) sino porque cuando un libro le parece malo no tiene remilgos en decirlo y suele fundamentar sus opiniones con propiedad. Quizá sus reseñas a estas alturas pequen de mecánicas (su modus operandi es el siguiente: primero presenta el libro, luego señala sus virtudes, y en el 90% de los casos termina dando una maleteada), pero a diferencia de casi todos los demás se toma su trabajo con cierto rigor. Lo cual es mucho en un ambiente literario donde ya se perdió el coraje suficiente para señalar que el trabajo de un escritor es insatisfactorio. Aunque luego de este post, quizá yo sea el autor con quien se rompa esa tendencia. (José Carlos Yrigoyen)

Nada de qué reir

Crédito: kalamu.com

Como es requisito de este blog desconfiar del carisma, pedimos a Santiago Alfaro que nos explique por qué la designación de Susana Baca en el Ministerio de Cultura es un error. De paso, le hizo la tarea completa.

Para justificar la designación de Susana Baca como ministra de Cultura se habla de representación tanto étnica como de género. ¿Qué piensas?
A Susana Baca la designaron por la necesidad de cubrir una cuota de género dentro del gabinete, aparentar una apuesta por la inclusión étnica y, de paso, aprovechar su fama internacional.  No hay otra explicación. A ella no se le conoce opinión alguna sobre política cultural, no colaboró antes con Gana Perú en materia cultural, Gana Perú no hizo ninguna propuesta a favor de la población afrodescendiente durante la campaña y hasta el 23 de julio Sinesio López estuvo dando entrevistas como virtual ministro de cultura. La decisión final se tomó entonces improvisadamente en base a criterios anecdóticos y no estratégicos.

Entonces, ¿no existe una visión ‘humalista’ de lo que se debe hacer en Cultura?
No hay progresismo cultural en el humalismo en funciones. Ni en el primer Plan de Gobierno, ni el Compromiso con la Democracia ni en la Hoja de Ruta se hizo mención al tema. En su primer mensaje de 28 de julio, el Presidente sólo le dedicó 2 párrafos a la diversidad cultural y mencionó la palabra “cultura” 8 veces sin hacer ninguna promesa concreta. El entorno más cercano a Ollanta Humala es tan economicista como el que tuvo Alan García. Del resto de la dirigencia de Gana Perú sólo destacan tres miembros del colectivo Ciudadanos por el Cambio y antiguos líderes de la izquierda: Vicente Otta, Edmundo Murrugarra y Roger Runrill.  Todos tienen interés en desarrollar un proyecto cultural, particularmente en el campo de los derechos indígenas. Justamente por eso el primero es actualmente el viceministro de interculturalidad.

¿Tiene sentido la discriminación positiva?
Las acciones afirmativas, término más preciso…

Jaja…
…son medidas de preferencia hacia poblaciones históricamente discriminadas. La experiencia a nivel internacional demuestra que sus efectos tienen alcances limitados. En EE.UU. hoy hay más abogados afrodescendientes pero la pobreza sigue concentrándose en esa minoría étnica. Para que sean transformativas, ese tipo de acciones deben ser acompañadas por otras políticas de redistribución económica y reconocimiento cultural. En todo caso, a Susana Baca no la designaron como ministra atendiendo a un plan de desarrollo para la población afrodescendiente. Si ese plan existiese, habría sido más razonable la decisión tomada y, de hecho,  podría ser interpretada como una acción afirmativa. Igual, más allá de la llaneza de Gana Perú en el tema, Baca tiene la oportunidad para poner en agenda la lucha contra la discriminación. Actualmente los afrodescendientes suman el 10% de la población pero sólo el 1% estudia en universidades. Esta es la realidad que debe ser transformada y para ello se necesitan políticas, no sólo sonrisas.

¿Por qué en países latinoamericanos como Panamá (Blades) o Brasil (Gil) se opta por nombrar artistas antes que tecnócratas en este despacho?
Los políticos suelen caer en la tentación de aprovechar la fama de los artistas para arrastrar votos o adquirir prestigio. La elaboración de las listas para el Congreso durante las últimas elecciones lo demostró. Sin embargo, los casos mencionados son distintos al de Susana Baca. André Malraux, primer ministro de cultura de Francia, o Gilberto Gil tomaron posesión de sus cargos luego de una larga trayectoria política. Gil fue secretario de cultura del Gobierno de Bahía y tenía propuestas concretas en campos tan especializados como el de los derechos de autor. Además, llegó al poder cuando el Ministerio de Cultura brasilero tenía veinte años, no uno como el nuestro. En las circunstancias actuales se necesitaba una persona con información sobre la realidad del sector e ideas claras para desarrollarlo. Eso era lo importante, no su profesión o género. De hecho, no se tiene que ser hombre o intelectual para ocupar con éxito un cargo público: Juan Ossio es antropólogo y tuvo una gestión bastante discreta. El Ministerio de Cultura no debería estar vetado entonces para los artistas si éstos tienen el conocimiento y la capacidad para diseñar e implementar políticas culturales.

¿En qué estado deja Ossio el ministerio? ¿Se pudo hacer peor?
Juan Ossio  deja el Ministerio aún desnutrido, escaldado y en pañales. No logró conseguir más recursos públicos aunque sí algunos aportes de la cooperación internacional. Igual, si el INC era un triciclo por su peso institucional, el Mincult es ahora un coche pero sin combustible. Tampoco pudo articular y/o afinar sus piezas: el IRTP y el ex INC (hoy, Dirección General de Patrimonio cultural) siguieron trabajando rutinariamente como antes; el Archivo General de la Nación y la Biblioteca Nacional continuaron en crisis; Indepa se mantuvo funcionando a pesar de su inconsistencia y que duplica las funciones del viceministerio de interculturalidad; Conacine fue estatizado al convertirlo en una comisión consultiva; y la relación con las escuelas artísticas terminó quebrada, luego que intentara absorberlas al Ministerio sin haberles consultado. Programáticamente la percepción que dejó fue la de un líder errático.

Y permisivo con los caprichos presidenciales, por decir algo suave.
El pintado de la fachada del local del Ministerio, el delirante permiso concedido al Presidente para que construya arbitrariamente el ‘Cristo del Pacífico’, los continuos conflictos con el gremio de cine y la conversión del viceministerio de interculturalidad en una promotora de pasacalles y espectáculos folclóricos,  demostraron que no tenía una visión precisa sobre el desarrollo del sector. No se puede decir lo mismo de la Dirección General de Industrias Culturales y Artes, donde había una brújula y se diseñaron importantes programas como la Red de Puntos de Cultura y el Atlas de Infraestructura Cultural, pero ello se debe más al aporte de su Director, Daniel Alfaro -no es familia-, que de Ossio. Baca recibirá un Ministerio que demandará mucho esfuerzo para poder hacerlo crecer.

Un argumento que se ha mencionado reiteradamente es que basta que se rodee de la gente correcta. ¿En Perú se sobredimensiona a la tecnocracia? ¿Es una herencia fujimorista?
Se sobredimensiona su neutralidad. En teoría la tecnocracia es una vacuna contra la partidarización del Estado. En la práctica puede llegar a servir mejor pero a los intereses privados que capturan el sector público. Para poder cumplir con sus responsabilidades, los Estados necesitan burocracias. Eso es inevitable. Lo importante es que éstas sean profesionales pero también que sirvan al bien común, no a sólo a minorías con poder económico. El Ministerio de Cultura está dotado de especialistas en patrimonio pero aún no en los nuevos campos que debe promover como las artes, industrias culturales y lo que se entiende por “interculturalidad”. La tecnocracia capaz de garantizar los derechos culturales de los ciudadanos tiene aún que formarse en el Perú.

¿Qué virtudes se necesitarían para asumir Cultura a un año de formada la cartera?
Tres: liderazgo, planificación y creatividad. Liderazgo para posicionar la agenda de la cultura en la opinión pública y convencer al ministro de economía de la necesidad de incrementar el presupuesto del sector. Son escandalosas las asignaciones que reciben del Estado el ministerio y sus instituciones adscritas. El Archivo General de la Nación, por ejemplo, sólo tuvo 3 millones de soles como presupuesto el 2010 cuando lo requerido para cumplir sus funciones es el triple. Eso explica el pillaje al que está sujeto continuamente. Lo mismo sucede con la Biblioteca Nacional. La planificación serviría para ordenar estratégicamente las prioridades de la cartera: desde la puesta en valor del patrimonio hasta la promoción de las industrias culturales, pasando por la implementación de la Ley de Consulta. La creatividad será necesaria si lo que se quiere es pasar de la filosofía a la acción cultural.  La sociedad no cambia hablando a favor de la diversidad cultural, sino diseñando e implementado programas innovadores.  Todo lo anterior lo hizo Jack Lang, el gran arquitecto del ministerio de cultura francés. Ese es el perfil de ministro que requerimos. (Jerónimo Pimentel)

Más información, menos periodismo (I)

Foto: antiprensa.pe

El Premio Nobel de Literatura 2010 no necesita que lo defiendan. Por eso –y porque no tengo claro el tema de los estudios citados– obviaré el argumento de los cambios cognitivos como consecuencia del uso de internet. Sorprende, sin embargo, que quienes más defienden la libertad irrestricta de opinar en la web le enrostren a MVLL su incapacidad para hablar sobre temas de neurología e internet. No sorprende tanto, en cambio, que parte de nuestra élite ilustrada se complazca a sí misma argumentando que, después de todo, la alta cultura siempre ha sido minoritaria y que la imprenta es solo un hipo en nuestra milenaria historia oral. Menospreciar por elitista a la cultura escrita en un país desarrollado, vaya y pase. Pero en una realidad con tan miserables niveles de comprensión de lectura (no es la cantidad ni la calidad de libros, sino cuánto se comprende) y un mundo letrado tan débil, es poco menos que reaccionario.  Porque si existe algún proceso pendiente de democratización en el país es precisamente el de la escuela pública, que pasa por el libro.

Pero internet representa otra amenaza, mucho más concreta y comprobable. Es la amenaza a un sistema de comunicación con editores, contrapesos y controles de calidad.

En esta primera entrega, vale la pena abordar ese gran mito que es la noción de periodismo ciudadano y su potencial democratizador. Es decir, la promesa de outsiders del sistema noticioso que reproducen la información relevante que los desprestigiados medios tradicionales no cubren.

Es cierto: la concentración de medios en grupos empresariales transnacionales ha concentrado también las agendas informativas. Pero los llamados nuevos medios no escapan necesariamente a las grandes tendencias. Veamos, por ejemplo, el caso peruano.

Los blogs y las redes sociales mantienen una cierta relación simbiótica con los medios tradicionales. Parasitaria, en muchos de los casos. De ida y vuelta, los contenidos van de las redes a la prensa y de la prensa a las redes. “Todos tenemos voz”, dicen los entusiastas de la mitología 2.0. Pero no todas las voces merecen ser escuchadas.  Además, sería imposible. Y es aquí donde la democracia directa se vuelve representativa. Porque cuando la sabiduría de las masas se hace escuchar, no se entiende nada. En el mar democratizante de internet, algunos son más iguales que otros. Debajo de las redes sociales virtuales, priman las redes sociales reales. Detrás de los hipervínculos, mandan los vínculos y las amistades. Los agregadores y rebotadores que están realmente conectados se encargan de repetir, citar, linkear y, a veces, generar los contenidos que creen relevantes. Y la prensa tradicional, finalmente, se encarga de legitimar y consagrar a quienes –ya alineados editorialmente- consideran relevante (cuando un periodista entrevista en vivo y dice “la gente en twitter se pregunta”, en realidad se refiere a una élite twittera, mayormente conformada por comunicadores y formadores de opinión). De forma simultánea, invisibilizan a los otros, que en no pocos casos son los verdaderos autores del destape o la noticia en cuestión. Finalmente, esos no-contactados por la prensa pueden aún aspirar a un escalafón de honor: hacer verdadero reporterismo ciudadano. Una escala menor en el ya bajo sueldo de los sufridos practicantes. Y una esperanzadora forma de alimentar el mito democrático de que todos son escuchados.

Por si fuera poco, las discusiones en redes sociales y blogs no suelen promover verdaderos debates. A los que discrepan se les ignora, censura o expulsa. Las campañas y causas virales se encargan de covencer a los ya convencidos, y la gran mayoría tiende a buscar información que ratifique sus opiniones antes que cuestionar sus prejuicios. El eterno plebiscito popular del “I like” se encarga de legitimar los argumentos ad populum. La libertad, eso sí, es innegable: uno pregunta lo que quiere y el otro responde lo que se le antoja.

Pero vale la pena abordar un caso concreto. Octubre del 2006. El affaire Federico Danton. El consenso en redes sociales y blogs sugiere que fue ahí donde los blogs llenaron el vacío de la prensa tradicional. Que la información alternativa no tenía por dónde salir, y que este episodio significó la partida de nacimiento de la blogósfera. Esto es parcialmente cierto. Yo mismo pensé que los blogs cubrían cierta demanda insatisfecha por los medios tradicionales, como se consignó en una  nota de Paola Ugaz para la revista Ideele. Pero el caché nunca miente: los grandes medios sí tocaron el tema. La misma noche de la denuncia de La Primera (¿existe algo más tradicional que un destape de César Hildebrandt?), Josefina Townsend y Jimena de la Quintana comentaron la noticia en Canal N. Días después, el semanario Caretas le dedicó una portadaOtro detalle: los blogs que más tocaron el caso fueron bitácoras creadas por periodistas.

Cosa curiosa: fue un blogger -en ese entonces ajeno a los medios- quien dijo que todo no era más que un chisme sin validez periodística.

Se sigue repitiendo la noción de que las mayores denuncias durante el segundo gobierno de Alan García fueron aireadas por los blogs y las redes sociales. Pero basta con mirar de cerca el caso Petroaudios, el escándalo más grande del quinquenio. Empezó con el periodista Fernando Rospigliosi, y llegó a nosotros a través de canal 4. A menos que se considere a Tomasio y Ponce Feijóo como periodistas ciudadanos, esto no es más que otra denuncia ventilada por los grandes medios. Pero, ¿y si lo fueran? ¿Y si, estirando los conceptos, Tomasio y Ponce Feijóo fueran los verdaderos “periodistas ciudadanos” en esta historia? (Carlos Cabanillas)

Corte Transversal

Hoy se inicia el Festival de Cine de Lima. Crítico le confiesa a NMM: “Este es un festival sin identidad”. Detalles.

NMM recibió la llamada de un crítico de cine, quien sin más preámbulo nos confesó: “¡No puedo más! Tengo que ladrar”. Animalmente atraídos, acordamos una cita, nos sentamos en un bar y prendimos la grabadora. Eso sí, le aseguramos anonimato porque esta aldea es especialista en represalias. Lo único que se nos ha permitido revelar es que lo llaman Perro Andaluz.

-Guau, guau. ¿Qué ha pasado con el festival?

– De un encuentro de viejas pitucas y películas latinoamericanas costumbristas ha pasado a ser un híbrido que no tiene un perfil claro.

-¿Entonces qué es?

-Esa es la huevada. Nadie sabe qué es.

– Ejemplos, Perro, necesito ejemplos.

-Ya. El BAFICI de Buenos Aires es un festival de cine independiente que tiene un programador artístico que trabaja con un equipo. Aquí está Saba, quien hace su chamba como director de un centro cultural, pero un centro cultural no es un festival.

-Son “productos y gestiones” diferentes.

-Claro. Además Saba le tiene mucha gratitud a dos asesores cubanos, Carlos Galeano y José Ambrós. Por eso nunca falta en el Festival una película cubana de mierda, como la de este año, “Boleto al Paraíso”. Basta ya.

-De acuerdo. Pero no nos quedemos con la pose porteña. Necesito otros ejemplos.

-El SANFIC muestra mayor respeto por el cine de autor.

– ¿Pero eso puede ser acusado de elitista?

-Puede ser. Entonces mejor hablemos de un cine con personalidad. Por ejemplo, cine industrial con personalidad es “Toy Story 3”.

-¿Y ese “cine con carácter” no se programa aquí?

-Algunas películas de ese corte caen aquí. Pero esa no es la cuestión de fondo. El asunto es: este festival no tiene un perfil claro. Chapa de todas partes. Necesita con urgencia su “hoja de ruta”, a lo Humala.

-¿Saba no ha jurado por la democracia?

-Espera. Hay que ser justos. Un festival de cine es más yuca de armar que una feria libro.

-¿Tienes datos para probar eso o estás alucinando, Perro?

-(Largo silencio) Puede ser una suposición.

– En términos de prestigio, ¿dónde nos ubicamos con nuestros pares de la región?

-El de Guadalajara y el BAFICI son los más importantes.

-Igual que las Ferias de Libros.

-Exactamente. Luego vienen el de Morelia y el de Santiago.

-¿Brasil no entra?

-Esa es la tierra de Neymar. Es otro mundo.

– ¿Y Lima?

-A este festival lo salva Machu Picchu.

-Para seguir con la comparación, recuerdo que hace unos años vino Alan Pauls a la Feria del Libro, y su condición para atracar fueron pasajes a Machu Picchu. Luego publicó una crónica en Página 12.

-Claro. Por la misma razón vinieron Bibi Andersson, Cecilia Roth y ahora la Chaplin.

-Entonces, Machu Picchu, más Saba, más los cubanos, más…

-Falta de identidad. Ese es el problema. Se pueden ver cosas bacanes pero también cojudeces. Y ponte otra chela que estoy hablando gratis.

-¡Mozo! Otra más a cuenta de Nosotros Matamos Menos.

-Así po sí.

-No te distraigas. Sique ladrando. ¿Alguna debilidad que sea hija de este problema principal?

-Las secciones paralelas. Por los menos 5 pelas de esas secciones podrían estar en la competencia oficial.

-Por ejemplo.

-La del argentino Moreno pasó por la Berlinale y la han programado en una sección llamada “Gala”. ¿Me explicas esa mariconada?

-¿Entonces no todo es un problema de billete?

-No. Es presupuesto y demencia senil. Incluso ahora  faltan películas para que las viejas pitucas se queden contentas y se llenen las arcas de Sabalandia y los Cineplanets A la loca quieren que su Excel termine en azul.

-¿Han traído películas populares?

-Algunas, como “Tropa de Elite 2”. La vaina es que al mismo tiempo llenan el festival con películas con un culo de tiempos muertos, pero de las malas. No se sabe a qué tipo de público se dirigen.

-Entonces no solo es presupuesto y ganas de vender entradas.

-Si solo fuera eso, al menos que tus secciones paralelas se llamen de otra manera.

-No podemos comparar, pero comparemos mi estimado Andaluz.

-Ya. Cannes.

-Suave, can.

-No, en serio. “La quincena de los realizadores”. “Una cierta mirada”. El criterio de lo que se muestra y premia está claro. ¿Qué diablos significa “Gala”? Una vez una sección se llamó “Secretos y tesoros de Latinoamérica”. La sensación final es que las secciones son intercambiables. Por ejemplo, ahora la mexicana “Paraísos artificiales” está en una sección paralela. Podría pasar a la oficial en lugar de “Verano de Goliat”, y la verdad es que no pasaría nada.

-En resumen, ¿qué es peor, la feria de libro o el festival de cine?

-Con este frío, guau, guau, mejor me quedo en mi jato viendo el Gato Fritz. Al menos así dormiré calientito. (Juan Carlos Méndez)

El enemigo en casa

Ayer fui a ver la estupenda ’17 Camellos’, tal vez la mejor obra que ha escrito Eduardo Adrianzén junto con ‘Demonios en la piel’. No soy afecto al chauvinismo cultural, pero es de resaltar que esta pieza tiene el añadido de ser un teatro que versa, interviene e interpela ‘lo nacional’, a la manera de ‘La Puerta del Cielo’ de Alfonso Santisteban.

Tres hermanos deben afrontar el viaje definitivo de su madre a Chile, donde le espera el amor y la ilusión de un futuro. Cada uno de ellos, aleccionados por su desaparecido padre en el odio histórico (Guerra del Pacífico), representa una tipología actual y local: el historiador que taxea para sobrevivir, el militar lisiado durante una represión social y el joven desempleado, ex vendedor de Ripley, reconvertido en pandillero. Debajo de estas vidas interrumpidas, y utilizando siempre la coartada del enemigo externo para barajar sus frustraciones personales, se cobijan los residuos de la “prosperidad peruana”: víctimas que buscan victimar para rehuir el destino que su país les ha impuesto. Buena parte de la obra consiste en la exposición de estas estrategias y desencantos, a veces como monólogos explícitos, a veces a consecuencia de la acción dramática, en ambos casos, una forma de enfrentar este ¿falso? determinismo.

¿Pero existe tal sino?

La Patria, encarnada en una estupenda Sonia Seminario, harta de ser motivo y excusa, parece decir que no.

Así, en forma de una clase de historia que jamás podrá ser dictada, los héroes son confrontados por los soldados anónimos, la historia oficial es puesta en jaque por su versión menesterosa. Los viejos dilemas de la historiografía bélica, como si la inmolación de Bolognesi tuvo sentido o de si era preferible una rendición honrosa, dejan su lugar abstracto (la ucronía o el debate académico) a favor del rostro, la historia particular, el ejemplo específico. Escena a escena, de Arica a Miraflores, lo que va quedando claro es que el ‘enemigo’ no vive fuera sino dentro, miopía que nos lleva a ver al ‘otro’ como antagonista: oficial/soldado, militar/civil, intelectual/pueblo, madre/hijo, la peruanidad luce escindida en cada rol social, fractura que nos detiene, nos aísla y nos disculpa.

Estos enfrentamiento se sostienen en base a la sobria dirección de Gustavo López, un buen uso del recurso audiovisual y las buenas actuaciones de Mario Ballón, André Silva y Emanuel Soriano. Y si bien por momentos la literariedad del texto de Adrianzén se pone en evidencia, uno ha aceptado ya el pacto de verosimilitud y agradece ese tono lírico que refresca un poco el hiperrealismo de la obra.

Finalmente, un lujo la recuperación del local, el Teatro Larco. La última función es el próximo miércoles 10 de agosto. Vayan a verla. (Jerónimo Pimentel)