La Madre del Cordero

La lucha intestina entre escritores y cocineros por la representación de la cultura peruana.

(Fuente: nutricion.pro)

En mayo del 2011, una escena del recordado mockumental de la Marca Perú resumió el legado de las letras peruanas en dos libros de exportación: un volumen con la obra poética de César Vallejo y un ejemplar del recetario de Nicolini ¿Qué cocinaré hoy? Aquella elección provocó un discreto rumor de indignación en las redes sociales. Viendo el episodio en retrospectiva, fue apenas el entremés del arroz que hoy se lanzan escritores y cocineros a partir de las opiniones culinarias del novelista Iván Thays.

Thays no es el primer ni el último escritor peruano en criticar lo que González Prada llamó nuestra “furiosa rabia de comer”. Pero tan longeva como la tradición de cuestionar el ventralismo nacional es la de celebrar nuestro mestizaje culinario. Un ejemplo es el propio Ricardo Palma, contemporáneo del anarquista.

Lo realmente singular en este debate es que se da en un contexto de crecimiento macroeconómico que no ha implicado una mayor difusión de las industrias culturales nacionales. Se publican más libros, se filman más películas y se graba más música. Pero se lee poquísimo al respecto y se entiende aún menos, se ve poco cine nacional y se compran cada vez menos discos originales. Ese cada vez más diminuto espacio cultural en prensa y televisión ha sido copado por reportajes gastronómicos, lo que no es culpa de los cocineros. El propio Thays solía tener un programa de difusión cultural llamado Vano Oficio, nada menos que en el canal del Estado.

La solución a este fenómeno no es buscar “al Gastón de la literatura”. Sobre todo considerando que la gastronomía  peruana es una creación colectiva, una hechura milenaria y popular. La literatura nacional siempre ha tenido extraordinarias individualidades. Lo que faltan ahora son lectores.

Lo que debió ser un debate cultural no sobrevivió a los procaces y anónimos pullazos en las redes sociales. Un apanado virtual de más de dos días en twitter ayudó a desviar la atención hacia lo anecdótico.  Al linchamiento se le sumaron pedidos de paso al costado, tanto para Acurio como para Thays. En las redes sociales, varios representantes de ambos rubros defendieron sus respectivas trincheras. El reclamo fue el mismo: que hablen solo los expertos. Los riesgos de esa exigencia ya los vimos durante las últimas elecciones presidenciales, cuando el fujimorismo le dijo al Premio Nobel de Literatura 2010 que “solo sirve para escribir”, desautorizando de plano sus opiniones políticas.

Este es, en última instancia, un enfrentamiento entre dos tradiciones –la cocina y la literatura peruana- por arrogarse la representación cultural de un país (siendo la cultura la última rueda de una carcacha sin ruedas). Lejanos parecen los días en que ambas se sentaban a la mesa sin patearse por debajo. Uno podía leer ensayos de Antonio Cisneros sobre mestizaje gastronómico, sesudos textos de Max Hernández, crónicas históricas de Jorge Salazar o una semblanza sobre el escritor y cocinólogo catalán Xavier Domingo a cargo de Rodolfo Hinostroza en una de sus varias columnas (Todas las Salsas, La Verdad de la Milanesa). También se escribía sobre los almuerzos de Lezama Lima, los poemas de Rose y Vallejo (“La cena miserable”), y la cocina en boca de los franceses Talleyrand y Rabelais. Finalmente, hojear suplementos y revistas como Pachamanka y La Buena Mesa, o libros como El Diente del Parnaso (2000) y La Academia en la Olla (1995). Ojalá se pueda repetir ese plato.

(Una versión editada de este texto fue publicada en la última edición de Caretas, aquí).

Carlos Cabanillas

Derecha Bruta, Derecha Achorada

Breves apuntes sobre el liberalismo peruano

Tafur y Mariátegui

Cómo estará de mal la izquierda peruana que su mayor representante mediático es hoy Juan Carlos Tafur, desde el otro lado de la orilla ideológica. El periodista acuñó el término “derecha bruta y achorada” para tipificar a quienes promovían una campaña sucia contra la hoy alcaldesa. El principal acusado fue Aldo Mariátegui, a quien Tafur sindicó como “el líder de opinión de la DBA”. Lo secundó Augusto Álvarez Rodrich, quien se ha encargado de popularizar las siglas en prensa y redes sociales: DBA. No son los únicos. Rosa María Palacios y Pedro Salinas (quien se autodenomina parte de la “derecha caviar”) también han utilizado el hashtag.

Pero el término es un sinsentido por donde se le mire.

Primero, porque no distingue diferencias ideológicas o sustanciales. Si se trata de acusar a una derecha antidemocrática, bien podríamos proponer un concurso NMM: enumere cuántos miembros de esa derecha (BA o no) han colaborado con nuestra última dictadura, el fujimorismo. Con la honrosa excepción de Pedro Salinas, ¿no estamos ante una mera diferencia de estilo (es decir, de “achoramiento verbal”)?

Y si se trata de una simple diferencia de estilos, ¿qué es preferible en tiempos de un mal entendido pragmatismo, transfuguismo y candidatos “independientes”? Mientras el mundo persiste en tener partidos conservadores, radicales, republicanos y demócratas aquí se sigue hablando del fin de las ideologías.

Vale la pena agregar un paréntesis: ¿cuándo perdió sus dientes la izquierda peruana? Luego de sus indefendibles coqueteos con SL y el MRTA, la izquierda mediática cae en el error opuesto: abandonar las batallas. Antes “la izquierda era la agresiva y los liberales éramos las señoritas de la clase”, recuerda el director de Correo. El mismo Mariátegui reconoce como una de sus influencias al diario Liberación de César Hildebrandt. Hoy el semanario de Hildebrandt es una solitaria terquedad entre chalinas verdes y simple ineficiencia. La prensa combativa de hoy es la de ultraderecha. Es la del fujimorismo en Willax, radio La Exitosa y Avanzada (la empresa que maneja el delincuente Carlos Raffo con la colaboración de su portátil digital).

Volviendo a la pregunta: ¿es realmente preferible un encaletado encaje naranja antes que una frontal Martha Chávez? Definitivamente no.

Pero el problema principal con el término DBA es su inexactitud.

El periodista dice que la DBA “no conoce la historia del Perú“. Sin embargo, cualquiera que haya revisado la génesis de la república reconocerá que la llamada DBA no hace sino seguir los lineamientos de la añeja tradición del liberalismo peruano.

En Sultanismo, corrupción y dependencia en el Perú republicano, por ejemplo, Jorge Basadre recuerda la primera constitución liberal (1823) y a los primigenios liberales locales: el sacerdote Francisco Javier Luna Pizarro y Francisco Javier Mariátegui (abuelo del Amauta). Luego, las primeras generaciones liberales se opusieron a un autoritarismo monárquico. Pero evitaron colisionar con la iglesia, y finalmente apoyaron los arreglos del civilismo. Además, “retrasaron la abolición de la esclavitud” y otras reformas políticas. Las siguiente generaciones liberales proscribieron a los partidos en favor de los electores “notables”. No es casual que dos de los mayores estudiosos del liberalismo peruano hayan sido el fascista Carlos Miró Quesada Laos y Raúl Ferrero Rebagliati, reciéntemente homenajeado por el congreso a propósito de su centenario. Ferrero, autor de El liberalismo peruano. Contribución a una historia de las ideas (Lima, 1958) fue uno de los más arduos opositores al sufragio universal (y defensor del voto solo para la “gente de razón”).

El politólogo Norberto Bobbio explica lo que a las generaciones más jóvenes se les hace extraño: que el liberalismo y la democracia son dos tradiciones opuestas. El liberalismo es una concepción moderna del estado que busca limitar sus funciones. La democracia, en cambio, es una antigua tradición que pretende distribuir el poder en muchas manos y lograr la participación directa en las decisiones colectivas. Según Bobbio, históricamente el liberalismo ha florecido en sociedades con participación restringida, limitada sobre todo a las clases altas. Y la tendencia al sufragio universal es su gran amenaza.

Volvamos a la DBA. Sucede simplemente que Tafur confunde liberalismo con democracia liberal. La segunda recién apareció en el Perú con el Fredemo, y terminó engendrando al hijo deforme del fujimorismo (que finalmente siguió la fórmula del histórico liberalismo peruano: priorizar un estado mínimo antes que un estado de derecho).

Antes de soñar siquiera con un partido liberal demócrata, conviene saber de dónde vienen ambas tradiciones (liberalismo y democracia). Y mirarse al espejo.

Carlos Cabanillas

Inteligencia Militar

Guardianes y reyes filósofos: la alianza Humala-Vargas Llosa
 

La entente Humala-Vargas Llosa

“Los peruanos no necesitamos un filósofo ni un pensador, sino un gerente que sea capaz de resolver y ejecutar las obras.”

                Keiko Fujimori. Junio del 2009

 

La raíz del miedo a una militarización está en una inevitable pregunta ancestral: ¿quién es el más apto para gobernar? El presidente Ollanta Humala ha extendido la pregunta hasta la República de Platón.  Su reciente invocación a “los guardianes socráticos” es una libre interpretación del rol de los militares como protectores del estado.

Pero el dilema se mantiene en pie. ¿Quién es el llamado a liderar esa república? Para Platón es el rey filósofo. Solo él tendría la virtud y la capacidad de estar al mando de “la nave” del estado. La sofocracia platónica se plantea, a grandes rasgos, como una alianza indispensable entre el filósofo y los guardianes (es decir, los guerreros).            

En la Lima actual, pocas propuestas políticas ahuyentarían más a la ciudadanía que una alianza entre intelectuales y militares.

El miedo a la militarización nos dice que un general es lo opuesto a un ser racional. Que quien usa las armas no lee, no discute y no sabe lidiar con las discrepancias. Ejemplos ha habido muchos. Pero se trata, finalmente, de una generalización gruesa. Lo más divertido es que ese lugar común se reproduce en las redes sociales, reino del maniqueísmo y la intolerancia donde hasta el más reflexivo se ve reducido a una burda polarización: me gusta o no me gusta, follow o unfollow, amigo o enemigo.

La historia y la geopolítica lo demuestran. El falso oxímoron “inteligencia militar” no pasa de ser una humorada de Groucho Marx. Pocas instituciones en el país han convocado a tantos intelectuales a sus filas como el CAEM. Para bien y para mal.

Pero el miedo a los intelectuales en el poder es aún mayor. Se les acusa simultáneamente de ser abstractos (como a Bustamante y Rivero) y de tener ideas peligrosas (como a Vargas LLosa). El caso más radical es el de Abimael Guzmán. En su libro Qué difícil es ser Dios. El Partido Comunista del Perú–Sendero Luminoso y el conflicto armado interno en el Perú: 1980-1999 (IEP, 2010), Carlos Iván Degregori precisa que “nunca hubo un movimiento armado en América Latina que diera tal importancia al componente intelectual de su propuesta y a la condición de intelectual de su jefe máximo, el doctor Abimael Guzmán, entronizado en afiches y pinturas con todos los atributos del intelectual: anteojos, terno y libro bajo el brazo”. Para Degregori, Guzmán es el “rey filósofo (que) buscó aliarse con los bárbaros, no para destruir la ciudad letrada sino para tomar el poder dentro de ella con el fin de resaltar todavía más la distinción entre letrados y bárbaros”.

Por eso la reciente alianza entre Ollanta Humala y Mario Vargas Llosa sorprende y genera terror en cierta clase alta limeña. Además, confunde. Se trata de una relación en la que se han invertido los roles clásicos. En este caso en particular, el intelectual es el guardián. Es él quien articula la narrativa de las decisiones que toma el “rey militar”. Hubo antecedentes similares en la historia contemporánea. Quizás el más notorio fue el de Juan Velasco Alvarado leyendo los alambicados discursos del sociólogo de Cornell, Carlos Delgado. También podría mencionarse el pedido de renuncia dirigido a Leguía que el propio Bustamante y Rivero le ayudó a escribir a Sánchez Cerro.     

Pero la entente Humala-Vargas Llosa es única. Primero, porque intenta liderar un gobierno democrático. Y segundo -y esto sí es profundamente platónico- porque se trata de una alianza entre líderes con una doble formación. Por un lado, Vargas Llosa ha sido disciplinado bajo la férrea estructura militar del Colegio Leoncio Prado. Por el otro, Humala ha sido obligado a peinar la biblioteca sanmarquina de su padre, Isaac Humala. Basta una mirada a la historia de la célula Cahuide para comprender lo entrelazadas que están ambas familias. Y lo mucho que ambos se parecen entre sí, no solo cuando corren por las mañanas.

Carlos Cabanillas

Un Día Sin Prensa

O cómo se suicida una élite informada que exige solo “buenas noticias”.

La caída.

La propuesta es simple. No leer diarios. No ver televisión. No escuchar la radio. Al menos por un día: el domingo 30 de octubre. El detonante ha sido el caso Ciro y sus innegables excesos mediáticos. Es parte de lo que estos indignados llaman “noticias absurdas”. Es decir, los más recientes episodios de la crónica roja nacional.

Una mirada a los comentarios basta para ver que algunas palabras se repiten. “Piojosos”, “morbo”, “lucro”, “basura”, “carroñeros”. También hay ideas comunes. Que el domingo solo deberán usarse las redes sociales, porque allí no hay lucro ni morbo. Que todos los medios son corruptos. Que en internet no hay delitos ni excesos. Es como oír hablar a Eloy Yong y Celia Anicama. Él dice que los periodistas son “piojosos”. Ella dice que no es delincuente porque su canal sale por internet.

Es fácil pasar de la indignación a la estupidez. Lo que empezó como una protesta legítima ha terminado como una rabieta desproporcionada. El caso Ciro les produce arcadas. Para ellos, solo algunos merecen ser llorados en público. Ciro no ha hecho méritos para ser un mártir, dicen. Los indignados se dicen laicos, pero exigen milagros para justificar el multitudinario traslado del cadáver en olor a santidad. Como si el santoral informal respondiera a estándares meritocráticos. Piden noticias importantes, pero están dispuestos a cambiar a Ciro por la historia de cómo una raza de reptiles nos gobiernan. No quieren ver la foto de Gaddafi ni la de Michael Jackson. Tampoco los múltiples cuerpos publicados en la historia de la prensa internacional. No quieren que se llore a cualquier hijo de vecino. Quieren abrir un periódico sin cadáveres ni tragedias. Quieren leer solo buenas noticias. Temas optimistas y positivos. “Hagamos solo revistas de cocina y música”, propone una de las organizadoras.

Juan Carlos Méndez, de NMM, invita educadamente a todos los indignados a ver la muestra por los 40 años del grupo Yuyachkani en la Casa O’Higgins.

Así se suicida la élite informada del país. Cerrando los ojos voluntariamente, tirando la toalla del pensamiento crítico y haciendo muecas de asco ante la “exagerada” compasión de la gente. ¿No se trató de eso la segunda vuelta electoral? ¿De no ser indiferentes ante la muerte del otro, sea quien sea? Fue esa “prensa carroñera” la que investigó casos como el de Barrios Altos y La Cantuta. Pero claro, Ciro Castillo Rojo no fue Steve Jobs. No hizo méritos para ser llorado en Twitter.

Pensándolo bien, ¿por qué solo un día sin prensa? ¿Por qué no mejor otro ochenio? Habrá que enviarle un tweet a Humala y a Nadine, a ver qué piensan al respecto.

Carlos Cabanillas

Censura 2.0

Cómo una dictadura utiliza redes sociales. Una lección de Evgeny Morozov.

Hugo Chávez ante internet, según http://www.ishr.org

La primera duda es la obvia. ¿acaso es posible controlar a todos los usuarios de internet? La pregunta es retórica, por supuesto.

En primer lugar, porque nadie dice que sea necesario controlar a todos los cientos de miles de pseudónimos en Twitter o Facebook. En segundo lugar, porque la pregunta presume que algún agente externo tendría que controlarlos. Y en tercer lugar, porque no se trata necesariamente de controlar sino de distraer.


Estos y otros apuntes son desarrollados por Evgeny Morozov en su estupendo libro The net delusion. The dark side of internet freedom (PublicAffairs, 2011). Antes de seguir, una advertencia. Si el lector en potencia busca un alegato primermundista sobre el e-government o un panegírico sobre el @gora ateniense, éste no es su libro. Morozov es de Bielorrusia, así que algo sabe de dictaduras. El libro empieza con ejemplos de la Guerra Fría, pero también trata los casos más recientes de China, Irán, Cuba, Afganistán y Venezuela.


El autor desnuda una falacia muchas veces repetida: que los dictadores le temen a la tecnología. Que los regímenes autoritarios no saben convivir con las redes sociales y los blogs. Y que, finalmente, la abundante información es un antídoto para contrarrestar dictaduras y autocracias. El mito tiene una variante local: que el vladivideo y la Marcha de los Cuatro Suyos bastaron para tumbarse al régimen de Fujimori y Montesinos.


Para refutar estos lugares comunes, el autor recurre a un viejo conocido de la última campaña electoral: Steven Levitsky y su concepto de autoritarismo competitivo. Una idea afín al Perú desde los tiempos del fujimorismo, y que explica muy bien el caso de Hugo Chávez (también conocido como @chavezcandanga). Allá, en el primer mundo, la sola idea de un autócrata que convoque a elecciones y que responda a encuestas es novedosa.  Pero ¿sería tan difícil de imaginar aquí un régimen autoritario y antipolítico que se ufane de su democracia directa a través de las redes sociales, deslegitimando de paso a los medios tradicionales?

El primer punto de Morozov es relativamente fácil de comprobar: no se necesita manejar a todos los usuarios. ¿Acaso el tándem Fujimori-Montesinos tuvo que controlar a todos los medios de circulación nacional? Bastaría con comprar a los principales rebotadores, agregadores y refraseadores. Sin duda son más baratos que cualquier empresa periodística. Basta con socavar la credibilidad de los medios tradicionales, tildar a la industria del papel de elitista y ensalzar a las redes sociales por su poder democratizante. Pero el autor va más lejos. Intentar manejar a todos los usuarios no solo es innecesario sino también contraproducente. Las dictaduras prefieren demostrar su apertura democrática ignorando a los disidentes, aislándolos pero sin silenciarlos. Más o menos como hizo el fujimontesinismo con Canal A.


¿Por qué el gobierno de China tolera las críticas en internet? Porque funciona como una Stasi que empadrona a los críticos. Voluntariamente, la resistencia entrega sus IP’s, agendas y opiniones. Algo que en una dictadura del siglo XX tomaría costosos investigaciones, secuestros y torturas. Según el autor, en Tailandia existen blogueros que sirven para peinar la web en busca de disidentes. Y en Arabia Saudita se fomenta la búsqueda de videos en YouTube para controlar el material ofensivo. Por supuesto, también está el caso de Irán.


Bajo esa lógica, no censurar puede significar censurar. Parafraseando el Teorema de los Monos Infinitos, en algún lugar de la vastedad del ciberespacio debe existir un twittero opositor. Aunque nunca llegue a los grandes rebotadores ni a los grandes medios.


El segundo punto es clave. ¿Quién necesita controlar un abanico de opiniones que se dedican a neutralizarse entre sí? Aquí resulta clave saber qué tendencia ideológica domina las redes sociales. Para el autor, los mayores financistas de la agenda libertaria en internet son los neo conservadores estadounidenses. La cabeza visible de esta ciber guerra fría es Mark Palmer, autor de Breaking the Real Axis of Evil: How to Oust the World’s Last Dictators by 2025 (“a book that makes Dick Cheney look like a dove”). Tras el paraguas de la libertad online, los halcones de la derecha promueven el individualismo extremo a través del hedonismo consumista y la desconfianza en los medios tradicionalmente “socialistas”. Finalmente, el spin control (en lo que Morozov llama el spinternet) funciona mejor que cualquier censura.


Aquí también entra a colación Eli Pariser y su libro The Filter Bubble: What the Internet Is Hiding from You (Penguin Press, 2011). Como ya no hay un solo internet para todos, cada quien encuentra una realidad a su medida, lo que termina complejizando la noción de interés público. Eso queda claro luego de ver la excelente presentación de Pariser en TED.

El tercer punto es, a mi juicio, el más importante. ¿Por qué debemos asumir que los usuarios de internet ameritan ser controlados? He aquí la clave de todo el libro, porque la casuística de Morozov demuestra que la conexión wifi en un régimen autoritario implica la llegada de un cúmulo de estímulos novedosos y refrescantes. Un torrente de información que sirve más como agente distractor que como vehículo para canalizar demandas sociales. Además, ¿cuánto de activismo hay realmente en el ciberactivismo, hoy por hoy? ¿Cuánto hay de exhibicionismo e indignación gratuita, sin un propósito específico?

No hay que subestimar el poder del ocio y la procrastinación. Y es aquí donde la profecía de Huxley se une a la de Orwell. Porque para el autor, una falacia ad populum multiplicada a través de las redes sociales puede instaurar una verdad tan discutible como que 2+2 son 5. Pero también puede llenar la agenda noticiosa de videos con gatos que bailan.

Un video de Morozov resume su postura y es particularmente ilustrativo al respecto.

Vale la pena insertar un paréntesis pertinente. Esta debió ser la segunda parte del post Más información, menos periodismo. En el camino aparecieron tres periodistas que sustentan mejor que yo el escenario actual. El primero es el periodista mexicano Juan Villoro, quien enumera los riesgos que corre un medio por intentar competir con internet: homogenización, menos investigación, menos crónicas. En una frase: menos contenido propio. El segundo es un apunte interesante de Fernando Vivas: hay una competencia entre medios y redes sociales. No en el rigor, sino en el apuro. Esto explicaría, en parte, el creciente sensacionalismo y los excesivos errores. Finalmente, Alberto Arébalos, Director de Comunicaciones de Google para América Latina, sigue los pasos de The New York Times. Para él, el periodismo online debe cobrar por sus contenidos y diferenciarse de las redes sociales.

La conclusión cierra el paréntesis y nos devuelve al libro de Morozov: la herramienta no lo es todo. El acceso a una mayor cantidad de información no implica por sí sola una mayor rigurosidad. En ese sentido, la formación se impone a la información. De forma análoga, es una delusión creer que internet contiene en sí mismo facultades emancipadoras. Los gurús del determinismo tecnológico –el autor los llama cyberutopians e internet-centristshan fetichizado Twitter y Facebook al punto de creer que las redes sociales democratizan o son intrínsecamente democráticas. Pero la experiencia nos dice que la herramienta es neutra, y que el debate sobre la utilidad de las redes sociales en luchas políticas sigue abierto. Además, la democracia no es solo mera interconexión o socialización. Sobre todo si es solo la de una élite letrada con wifi.

Este y otros temas se tratarán en el conversatorio de NMM Atrapados en la red, en el Auditorio del Centro Cultural Peruano Británico de Miraflores. http://www.centrocultural.britanico.edu.pe/Auditorio_Detalle.aspx?id=1039

Carlos Cabanillas

Uno y Quizás Dos Enroques

Martha Chávez, garante de la democracia

 

Foto: laindustria.com

Sinesio López acuñó la metáfora del enroque para explicar lo inexplicable: que el APRA se corrió a la derecha y las FFAA se fueron a la izquierda. El intercambio de posiciones ocurrió de forma casi simultánea, entre 1956 y 1962. Así que la oposición se mantuvo.  Más de cincuenta años antes de la elección entre el cáncer y el sida, el APRA se aplicó una quimioterapia para  pasar a las filas de la legalidad democrática.

Foto: Life (1968)

 

Hoy, a dos días del affaire Martha Chávez, provoca sugerir otro tipo de enroque. Uno más político que económico. Porque el fujimorismo se ha erigido ya no solo como el defensor del modelo económico, sino también del sistema político, de los principios y rituales democráticos e incluso de la constitución vigente. Encarnado en Martha Chávez y la segunda bancada más grande del país, el fujimorismo se ha convertido en el verdadero garante de la democracia, denunciando la existencia de un presidente de facto y la inminencia de un golpe de estado. No hace falta ser marxista para entender que la historia en el Perú se repite siempre como farsa.

Pero la pregunta, entonces, se cae de madura. ¿Quién intercambió posiciones con el fujimorismo? ¿Qué agrupación ha sido expulsada de la clase política, convirtiéndose en outsider “de facto”? El propio fujimorismo ensaya una hipótesis. Algunos de sus más notorios líderes hablan de una era de persecuciones, aludiendo incluso al líder encerrado. No ha faltado un analista que –ante el parecido entre los resultados de las elecciones del 2006 y 2011- ha anunciado la existencia de un sólido norte naranja.

Esta teoría quizás sea injusta, sino ofensiva. Pero los cuatro apristas que flotan en el congreso no parecen tener el peso suficiente para descartarla del todo. Y si son ciertos los rumores de que Alan García regresará con un nuevo partido político, quizás estemos asistiendo a los funerales tan largamente anunciados del partido de la estrella. O quizás, como lo dice un extrañamente optimista Matos Mar, todos los partidos ya murieron y solo se arrastran por ahí, sin darse cuenta.

Carlos Cabanillas

La Dictadura en la Cabeza

O porqué Ollanta Humala es el verdadero fujimorismo sin Fujimori

Segunda vuelta de las elecciones presidenciales del 2011. En una esquina está Ollanta Humala, rodeado de intelectuales honestos, hojas de vida limpias y algunos personajes notables. Incluyendo al Premio Nobel de Literatura 2010. En la otra esquina está Keiko Fujimori, abrazando a la parte del equipo de su padre que no está en la cárcel. Algunos técnicos prestigiosos, pero discutibles. Varios prontuariados o, como dicen en filas fujimoristas, con experiencia de gobierno.

Por supuesto, eran solo percepciones. Ciertas o no, se presume que jugaron un papel importante en la decisión electoral. Al primero no se le creía a pesar de estar rodeado de gente prestigiosa. En la segunda sí se podía confiar, a pesar de que posaba junto a varios impresentables. La congresista Lourdes Alcorta lo resumió en una frase: no votaría por el líder del nacionalismo “aunque baje con Cristo de un brazo y con la virgen del otro”. Algo similar planteó el fujimorismo en las elecciones del 2000, cuando Montesinos era “el sucio” y Fujimori “el limpio”. En el 2011, Fujimori padre pasó a ocupar el lugar de su socio, mostrando a su hija como el rostro pulcro del equipo.

De esta manera, la elección de una administración del estado que implicaba aproximadamente doscientas personas -y miles de funcionarios- quedó reducida, en la mente de los electores, a una disyuntiva entre dos caudillos y lo que saliese de sus respectivos forros. Por ello la necesidad de buscar apoyo externo en avales o garantes de la democracia.

Esto podría explicarse a partir del sistema altamente presidencialista que vivimos desde 1992. A ello habría que sumarle la debilidad y el desprestigio que desde 1990 tiene el Poder Legislativo. En un escenario así, al menos en la cabeza de los electores, la elección del presidente decide todo lo demás. Y el primer ejemplo de ello fue Alberto Fujimori.

En la campaña de 1990, Fujimori encarnó la renovación política desde afuera y desde la izquierda. Fue el outsider que supo convocar a líderes de provincia, evangélicos y emprendedores. Se enfrentó al poder de la clase política tradicional que se había unido a los grandes capitales. Una vez arriba, se dio cuenta –mucho antes que PPK- que los partidos políticos apestaban, y de inmediato se unió a los poderes fácticos: la Iglesia, las FFAA y la clase empresarial. La heredera del fujimorismo no supo repetir la figura. Veinte años después, el fujimorismo ha sido asimilado al Acuerdo Nacional. Es ya un miembro privilegiado de la clase política tradicional y, en las últimas elecciones, fue más allá del Fredemo: convocó el apoyo del gastado gobierno aprista. El fujimorismo se institucionalizó y se alejó de esa entelequia llamada pueblo. Hasta creó escuela. Siguiendo sus pasos, el toledismo tuvo sus propios escándalos congresales y familiares, y el alanismo aprendió a gobernar con decretos supremos. Pero es Ollanta Humala quien parece ser el alumno más aventajado.

Él encarnó al outsider de izquierda, al caudillo capaz de revertir las injusticias sociales con la promesa de un mundo al revés. Convocó a miembros del primer gabinete de Fujimori (Fernando Sánchez Albavera, Santiago Roca) y, con un gran sentido de la oportunidad, está intentando jugar con todos los extremos, dividiendo para vencer. Encarna además, como pocos, a los dos grandes poderes tutelares del estado: las FFAA y la Iglesia. Los escándalos que vendrán solo quemarán a los fusibles. Congresistas, ministros, parientes y asesores. Mientras él se mantenga limpio –es decir, aparente serlo- el sistema presidencialista heredado del fujimorismo seguirá funcionando. Y su aprobación mantendrá mínimas cifras en azul, al menos en la percepción ciudadana.

“Die Mauer im Kopf” fue el término que los alemanes utilizaron para describir al muro en la cabeza de los ciudadanos. Más de veinte años después de la caída del Muro de Berlín, el concepto sigue vigente.

Carlos Cabanillas