La Madre del Cordero

La lucha intestina entre escritores y cocineros por la representación de la cultura peruana.

(Fuente: nutricion.pro)

En mayo del 2011, una escena del recordado mockumental de la Marca Perú resumió el legado de las letras peruanas en dos libros de exportación: un volumen con la obra poética de César Vallejo y un ejemplar del recetario de Nicolini ¿Qué cocinaré hoy? Aquella elección provocó un discreto rumor de indignación en las redes sociales. Viendo el episodio en retrospectiva, fue apenas el entremés del arroz que hoy se lanzan escritores y cocineros a partir de las opiniones culinarias del novelista Iván Thays.

Thays no es el primer ni el último escritor peruano en criticar lo que González Prada llamó nuestra “furiosa rabia de comer”. Pero tan longeva como la tradición de cuestionar el ventralismo nacional es la de celebrar nuestro mestizaje culinario. Un ejemplo es el propio Ricardo Palma, contemporáneo del anarquista.

Lo realmente singular en este debate es que se da en un contexto de crecimiento macroeconómico que no ha implicado una mayor difusión de las industrias culturales nacionales. Se publican más libros, se filman más películas y se graba más música. Pero se lee poquísimo al respecto y se entiende aún menos, se ve poco cine nacional y se compran cada vez menos discos originales. Ese cada vez más diminuto espacio cultural en prensa y televisión ha sido copado por reportajes gastronómicos, lo que no es culpa de los cocineros. El propio Thays solía tener un programa de difusión cultural llamado Vano Oficio, nada menos que en el canal del Estado.

La solución a este fenómeno no es buscar “al Gastón de la literatura”. Sobre todo considerando que la gastronomía  peruana es una creación colectiva, una hechura milenaria y popular. La literatura nacional siempre ha tenido extraordinarias individualidades. Lo que faltan ahora son lectores.

Lo que debió ser un debate cultural no sobrevivió a los procaces y anónimos pullazos en las redes sociales. Un apanado virtual de más de dos días en twitter ayudó a desviar la atención hacia lo anecdótico.  Al linchamiento se le sumaron pedidos de paso al costado, tanto para Acurio como para Thays. En las redes sociales, varios representantes de ambos rubros defendieron sus respectivas trincheras. El reclamo fue el mismo: que hablen solo los expertos. Los riesgos de esa exigencia ya los vimos durante las últimas elecciones presidenciales, cuando el fujimorismo le dijo al Premio Nobel de Literatura 2010 que “solo sirve para escribir”, desautorizando de plano sus opiniones políticas.

Este es, en última instancia, un enfrentamiento entre dos tradiciones –la cocina y la literatura peruana- por arrogarse la representación cultural de un país (siendo la cultura la última rueda de una carcacha sin ruedas). Lejanos parecen los días en que ambas se sentaban a la mesa sin patearse por debajo. Uno podía leer ensayos de Antonio Cisneros sobre mestizaje gastronómico, sesudos textos de Max Hernández, crónicas históricas de Jorge Salazar o una semblanza sobre el escritor y cocinólogo catalán Xavier Domingo a cargo de Rodolfo Hinostroza en una de sus varias columnas (Todas las Salsas, La Verdad de la Milanesa). También se escribía sobre los almuerzos de Lezama Lima, los poemas de Rose y Vallejo (“La cena miserable”), y la cocina en boca de los franceses Talleyrand y Rabelais. Finalmente, hojear suplementos y revistas como Pachamanka y La Buena Mesa, o libros como El Diente del Parnaso (2000) y La Academia en la Olla (1995). Ojalá se pueda repetir ese plato.

(Una versión editada de este texto fue publicada en la última edición de Caretas, aquí).

Carlos Cabanillas

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Di-sol-ver. Balance 2011 (II).

Lo mejor y lo peor en libros, cine, música y teatro

Novela

Este año los dos líderes del debate entre andinos y criollos han publicado con la editorial Alfaguara. Miguel Gutiérrez y Fernando Ampuero, cada cual a su modo, han marcado el 2011 con dos de sus novelas más personales.

NMM ha comentado ambos libros con entusiasmos disímiles.

La novela de Ampuero, El peruano imperfecto (Alfaguara, 2011) se anunció como una inmersión en los conflictos del ser nacional observado desde cierto sector social. Terminó siendo apenas una ligera narración de las cuitas de un seductor por los alrededores de la muerte.

El caso de Miguel Gutiérrez es diametralmente opuesto. Se invita al lector a continuar el debate sobre Una pasión latina (Alfaguara, 2011), la novela del año, en el post respectivo.

También nos gustó El diablo en mi cama (edición de autor presentada el 2010 pero distribuida el 2011) de Eneas Marrull, quien empezó el año inspirando la creación de un personaje en la última novela de Ampuero. Final y felizmente, el autor se impuso al personaje.

La decepción fue Un sueño fugaz (Anagrama, 2011) de Iván Thays. Una concesión innecesaria luego de su aceptable Un lugar llamado Oreja de Perro (Anagrama, 2008). El debate sigue en el libro de reclamaciones: el post respectivo.

Dos novelas extranjeras definieron el 2011: 1Q84 (Tusquets) de Haruki Murakami y Libertad (Salamandra) de Jonathan Franzen.

La del japonés tiene una prosa limpia y envolvente, musical e inocentemente perturbadora. Su estructura clásica es el sostén de un viaje a un mundo donde los protagonistas (chico-busca-chica y al revés) buscan encauzar sus vidas mientras una dogmática maldad los pone a prueba.

La del norteamericano es un minucioso electrocardiograma de la destrucción de una familia (la familia) y la descripción irónica del sueño americano: su pesadilla.

Cuento

Mejor libro de cuentos: Lecciones para un niño que llega tarde (Duomo, 2011) donde Carlos Yushimito confirma las virtudes mostradas en “Las Islas” (SIC, 2006)y también varios de sus cuentos. También nos gustó: El descubrimiento del ruido (Estruendomudo, 2011) de Martín López de Romaña, donde el silencio de lo cotidiano adquiere notoriedad. Y Disidentes. Antología de nuevas narradoras peruanas (Ediciones Altazor, 2011), selección y prólogo de Gabriel Ruiz Ortega. Interesante intento “catastral” de las búsquedas y logros de las escritoras que toman la posta (en prosa) de las hijas de “Noches de Adrelanina”. Volveremos sobre este libro.

Reediciones

Fundamental e inclasificable. El pez de oro (A.F.A. Editores Importadores, 2011) de Gamaliel  Churata, bajo el cuidado de José Luis Ayala. Una pieza clave de lo que podría definirse como la vanguardia indigenista. El original es de 1957.

También La novena maravilla (Fondo Editorial del Congreso de la República, 2011) de El Lunarejo (el verdadero, no el narco), también conocido como Juan de Espinosa Medrano. Se ha reeditado luego de tres siglos. Y se ha “modernizado” para facilitarle la lectura a los ignorantes de estos tiempos. Cuenta con un prólogo de Ramón Mujica.

Yapa

Aunque publicado el 2010, igual hay que leer Kapuscinski Non-Fiction (Galaxia Gutenberg) de Artur Domoslawski, un autor que ha pasado más de una vez por el Perú.  Se trata, por fin, de la esperada edición en castellano de un conflictivo retrato del maestro desdibujado -con rigor de buitre- por su alumno. Imprescindible para aquellos que quieren trascender los 140 caracteres.

Cómic y novela gráfica

Mejor ilustrador: Miguel Det, por Novísima corónica i mal gobierno y Conversaciones en la ciudad de cartón (Ediciones Contracultura, 2011). Det renunció en mayo del 2011 al suplemento El Otorongo durante la feroz campaña presidencial de entonces. Pero sin duda supo sobreponerse, pues fue su año (no así el de Perú21).

También nos gustó: Vida Mundana (Ediciones Contracultura, 2011) de Rubén Sáez.

Ensayo y ciencias sociales

Perú, país de metal y melancolía (Fondo de Cultura Económica, 2011) de Alfredo Barnechea. Un libro que retoma un viejo género: el de la biografía intelectual. El relato está  estructurado cronológicamente, a manera de un libro de memorias (“memorias de una educación política”, las llama el autor). Pero también se permite ciertas libertades, desde los saltos temporales hasta el sabroso anecdotario de personalidades como Vargas Llosa, Haya de la Torre, Belaúnde, Eudocio Ravines y Carlos Delgado.

También nos gustó: Todas las sangres en debate de Dorian Espezúa. A su lado, el libro Ilegítimos. Los retoños ocultos de la oligarquía (Edición del autor, 2011) de Osmar González y Juan Carlos Guerrero. Una tesis sobre las otras balas perdidas de la clase alta limeña.

La mejor reedición es sin duda “¿He vivido en vano?” La mesa redonda sobre Todas las sangres (IEP/PUCP, 2011), un rescate de Guillermo Rochabrún. El libro recopila no solo la transcripción de la mesa redonda. También incluye otras entrevistas y textos de los participantes de entonces. Un documento histórico que incluye un CD de audio de la masacre. Como para recordar que el 2011 también se conmemoró el centenario de José María Arguedas.

Un libro notable de fines del año pasado también merece un comentario. Qué difícil es ser Dios. El Partido Comunista del Perú–Sendero Luminoso y el conflicto armado interno en el Perú: 1980-1999 (IEP, 2010), la última publicación de Carlos Iván Degregori. Apareció como una advertencia en plena campaña presidencial.

En el extranjero, destacó The Net Delusion. The dark side of internet freedom (PublicAffairs, 2011) de Evgeny Morozov. Una guía para entender el comportamiento de los blogs y las redes sociales en el contexto de un autoritarismo competitivo. Es decir, un manual para lo que nos podría esperar el 2012 frente a la probable alianza Humala-Fujimori. El de Morozov es uno de los 100 libros que recomienda The New York Times como regalo navideño. También apareció The Filter Bubble: What the Internet Is Hiding from You (Penguin Press, 2011), de Eli Pariser. Dos libros que desmitifican la supuesta democratización de internet.

Cine

La mejor película del año es Las malas intenciones, de Rosario García-Montero. El personaje de Cayetana de los Heros, a sus ocho años, se siente atraída por la figura del héroe. Pero no con la de cualquier tipo de heroicidad. Ella se identifica con el mártir, el héroe derrotado y humanizado que expía sus demonios a través de un sacrificio purificador. Por ejemplo, el Grau que se lanza al mar escapando de la crisis de su propia familia. Pero en el Perú de 1983 ya no hay héroes. No hay autoridades ni padres (de la patria), y el terrorismo ha tomado por asalto la normalidad. Como se dijo en un post, Las malas intenciones no le teme a la maldad. Incluso si ésta se susurra como en la perversa canción infantil “La Catalina” (De pronto pasó un soldado y lo hizo detener/‘Deténgase soldado que una pregunta le quiero hacer/¿Usted no ha visto a mi marido que a la guerra un día fue?’/‘Yo no he visto a su marido, ni siquiera sé quién es’)

También nos gustó: El inca, la boba y el hijo del ladrón, de Ronnie Temoche.

La decepción fue Bolero de noche, de Eduardo Mendoza. También Vanessa Terkes, con o sin ropa.

Música

La gran decepción musical fue el alejamiento de Pamela Rodríguez del blues criollo. Tiró la toalla y decidió convertirse en otra Regina Spektor con su tercer disco, ReconoceR (Mamacha Productions, 2011). Voces nasales, letras absurdas, disfuerzos calculados y videos nauseabundamente indies. Los discos más esperados fueron Veronik y los Gatos Eléctricos (Mandarina, 2011) y Volver (2011) de Adalí Montero. Ambas compositoras se tardaron diez años en grabar sus primeras producciones. Pero la demora fue provechosa. La riot grrrl Veronik cambió el grunge por el theremin.  Paralelamente, Montero dejó los covers y se dedicó a componer blues. Con lo que por fin dejó de ser una joven promesa. Bien por ella y sus admiradores.

Lo meritorio: el renacimiento de la disquera Infopesa, una de las cuatro grandes de la música peruana. Las buenas intenciones: Novalima (Karimba) Sabor y Control (El más buscado) intentando demostrar -una vez más- que tienen calle y cintura. Los adioses: Félix Casaverde y el inefable Leo Bacteria. El segundo de ellos -al mando de Pestaña- dejó su mejor grabación: Yo no me enamoro 12 veces por disco (2011).

La producción más lograda del año quizás sea Fiction Beats (Hypersfera, 2011), de Theremyn_4. El sétimo y el mejor disco de José Gallo, un ex rockero metido a DJ que ha logrado conciliar lo mejor de ambos mundos. Baile y riesgo.

El concierto del año fue el de Paul McCartney. Pisándole los talones, Sonic Youth. En segunda fila, Pearl Jam y Motörhead. Seguimos esperando a Calle 13.

Teatro

La obra de teatro nacional que estiró mejor los resortes de la memoria -y que además estuvo muy bien escrita- fue Astronautas de Jorge Castro y compañía. Se trata de una fabulosa ucronía. En algún punto entre 1968 y 1969 el Perú de Velasco ganó la carrera espacial. La obra narra la odisea de tres peruanos. Pero la proeza no es conquistar la Luna -que por cierto, ya es chilena– sino lograr la unidad como proyecto nacional.

Astronautas fue el mejor montaje de una obra nacional y la mejor obra peruana de dramaturgia del 2011.

También gustó Entonces Alicia Cayó, una muestra de que la obsesión maternal de Mariana de Althaus puede parir una obra sólida (por su estructura), sugerente (por lo intertextual) y emotiva (por su exploración de lo femenino en tres momentos de la vida).

Finalmente, una buena noticia fue la reposición de Diecisiete Camellos, de Eduardo Adrianzén. Una lectura de cómo tres hermanos lidian con la pérdida de la madre (patria) en manos de un chileno. Adrianzén también destacó en la accidentada versión televisiva de La Perricholi.

El mejor montaje de una obra extranjera fue El dragón de oro, un viaje al Asia escrito por el alemán Ronald Schimmelpfennig y dirigida por el peruano Jorge Villanueva. Salada y dulce como la mejor comida oriental, la obra fue también una atrevida lección de imaginación que además hizo posible el lucimiento del actor del año: Marcello Rivera. Manuel Gold, por su lado, confirmó su buen momento destacando en la ligera pero jugosa Demasiado poco tiempo (del escritor neoyorquino David Ives) y en la mencionada Astronautas. Pero su innato sentido del humor puede ser una monotemática arma de doble filo.

En cuanto a actrices, el aplauso mayor va para Ana Cecilia Natteri. Ella logró crear una loca memorable en el incomprendido y estupendo montaje de La fiesta de cumpleaños.

Aunque los prejuicios buscan encasillarla (para bien o para mal), lo cierto es que Denisse Arregui logró una actuación llena de matices y color en la gris Cosecha. Ojo con ella.

En publicaciones destaca la cuadrada generacional hecha por Alfredo Bushby en  Románticos y postmodernos. La dramaturgia peruana del cambio de siglo (Fondo Editorial de la PUCP, 2011). También la muy actual Ubú Presidente (PUCP, 2011), escrita por Juan Larco y dirigida por el flamante ministro de Cultura, Luis Peirano, en 1980. La obra, que pronto analizaremos con más detalle, escenifica la llegada a Palacio de Gobierno de un militar delirante. Ojalá no sea premonitoria.

Hubo dos grandes decepciones. Se esperó mucho más del montaje de Crónica de una muerte anunciada, del director colombiano Jorge Alí Triana. Una historia desordenada y un libro que le pesa demasiado al director. Otra decepción fue Los últimos días de Judas Iscariote, dirigida por Juan Carlos Fisher. Ojo, no fue el tema el que distanció las butacas del escenario. Fueron varias sobreactuaciones y algo de humor forzado.

Para cerrar, dos anuncios.

Primero, el repaso con ají: el inminente y tercer balance. Periodismo, actualidad y política en el año que Alan García dejó de florear por televisión nacional, se eligió democraticamente al militar Ollanta Humala y que puede terminar con un baile del Chino.

Disolver. Di-sol-ver temporalmente a NMM.

Segundo, Di-sol-ver.

Di-sol-ver.

Con indulto o sin indulto, comenzaremos el nuevo año con un adelanto exclusivo para NMM de la obra de teatro que disecciona el golpe del 5 de abril.

Qué mejor forma de apresurar las celebraciones por el vigésimo aniversario. Ya viene el día.

Iván, el terrible

Foto: Milagros Ojeda

Autor: Iván Thays.
Libro: Un sueño fugaz. Anagrama, 2011.
Relación con el autor: ninguna.

Bajo el título de Un sueño fugaz, Iván Thays ha adaptado a una estructura alternativa los cuentos que formaban parte de la novela La disciplina de la vanidad. La relectura de estos textos permite hacer una valoración de lo mejor y lo peor de la obra de este autor, quien casi veinte años después de su interesante Las fotografías de Frances Farmer no ha logrado consolidarse como un escritor de valía, a pesar de las cuatro novelas que ha publicado hasta la fecha y de haber sido favorecido con algunos premios y menciones en concursos internacionales. La revisión de los relatos de Un sueño fugaz puede explicarnos de alguna manera las razones de esta situación.
Mientras leía esta última entrega de Thays (con un penoso esfuerzo que nunca se vio recompensado) divagaba sobre las coincidencias entre su obra y la de Armando Robles Godoy. Perdón: de lo más fallido de la obra de Robles Godoy (esto es, buena parte de Espejismo, casi toda Sonata soledad e Imposible amor). La primera es que al igual que los personajes de esas películas, los de Thays son, a lo largo de todos sus libros, una suerte de zombis, de emisores deshumanizados que se limitan a pronunciar frases supuestamente densas, ingeniosas y poéticas que suenan falsas y hasta ridículas en sus labios (“La polución nocturna es pésima consejera literaria”; “¿Pero qué es lo que pienso yo del amor? Oh, nada, nada, no es la gran cosa”, etc.), vicio que congela toda emoción y vuelve inverosímiles las situaciones que Thays plantea en sus, digamos, historias.
Estos autómatas, además, son arquetipos que viajan de libro en libro con distintos nombres y afeites. Por ejemplo, los escritores que protagonizan los dos últimos libros de Thays son son seres atormentados por la pérdida de un hijo (caso del narrador de Un sueño fugaz y el de Un lugar llamado Oreja de Perro) que aprovechan su dolor para llenarnos de observaciones insustanciales y pedestres, así como de alguna cita literaria que suele ser un pretexto para encubrir una crónica incapacidad de redondear una incursión aunque sea epidérmica por los laberintos de la condición humana.
En todas las novelas de Thays estas reiteraciones, fórmulas y esbozos de algo que pudieron ser historias propiamente dichas intentan ser disimulados por la priorización de un lenguaje elegante, por momentos bastante logrado y que busca otorgarle a sus libros la profundidad que sus triviales argumentos no pueden conceder. Lo que sucede es que las ficciones de Thays padecen del síndrome de Espejismo: al igual que Robles Godoy en esa cinta, Thays exhibe su solvencia narrativa, su apreciable capacidad descriptiva y cierta habilidad para metaforizar las situaciones planteadas, pero sin tener un real motivo para hacerlo. Así todo el mundo narrativo thaysiano termina resultando escenográfico y artificial; si añadimos a estas limitaciones la constante y muchas veces gratuita inclusión de citas y personajes literarios, la impresión final es que no solo estamos frente a un autor que no tiene nada importante que decirnos, sino que al intentar hacerlo cae en una antipática pretensión que anula cualquier sincero acercamiento con el lector.
A eso se reduce, pues, la obra de Iván Thays hasta hoy. Un conglomerado de fantasmas al margen del tiempo y de la vida, una fría dimensión cadavérica producida por las represiones artísticas de su creador. Y en todo eso también hay semejanzas con lo menos importante de la obra de Robles Godoy. Pero la gran diferencia entre ambos, hay que decirlo, es que Thays aun no ha escrito su Muralla verde ni su En la selva no hay estrellas, y nada indica que esté cerca de elaborar la obra consagratoria que hace dos décadas sus lectores esperan de él. (José Carlos Yrigoyen)*

*Esto fue escrito después de leer el comentario de Emilio Bustamante sobre la obra de Armando Robles Godoy, incluido en un diccionario de directores peruanos publicado en el segundo número de la revista La gran ilusión.