La Madre del Cordero

La lucha intestina entre escritores y cocineros por la representación de la cultura peruana.

(Fuente: nutricion.pro)

En mayo del 2011, una escena del recordado mockumental de la Marca Perú resumió el legado de las letras peruanas en dos libros de exportación: un volumen con la obra poética de César Vallejo y un ejemplar del recetario de Nicolini ¿Qué cocinaré hoy? Aquella elección provocó un discreto rumor de indignación en las redes sociales. Viendo el episodio en retrospectiva, fue apenas el entremés del arroz que hoy se lanzan escritores y cocineros a partir de las opiniones culinarias del novelista Iván Thays.

Thays no es el primer ni el último escritor peruano en criticar lo que González Prada llamó nuestra “furiosa rabia de comer”. Pero tan longeva como la tradición de cuestionar el ventralismo nacional es la de celebrar nuestro mestizaje culinario. Un ejemplo es el propio Ricardo Palma, contemporáneo del anarquista.

Lo realmente singular en este debate es que se da en un contexto de crecimiento macroeconómico que no ha implicado una mayor difusión de las industrias culturales nacionales. Se publican más libros, se filman más películas y se graba más música. Pero se lee poquísimo al respecto y se entiende aún menos, se ve poco cine nacional y se compran cada vez menos discos originales. Ese cada vez más diminuto espacio cultural en prensa y televisión ha sido copado por reportajes gastronómicos, lo que no es culpa de los cocineros. El propio Thays solía tener un programa de difusión cultural llamado Vano Oficio, nada menos que en el canal del Estado.

La solución a este fenómeno no es buscar “al Gastón de la literatura”. Sobre todo considerando que la gastronomía  peruana es una creación colectiva, una hechura milenaria y popular. La literatura nacional siempre ha tenido extraordinarias individualidades. Lo que faltan ahora son lectores.

Lo que debió ser un debate cultural no sobrevivió a los procaces y anónimos pullazos en las redes sociales. Un apanado virtual de más de dos días en twitter ayudó a desviar la atención hacia lo anecdótico.  Al linchamiento se le sumaron pedidos de paso al costado, tanto para Acurio como para Thays. En las redes sociales, varios representantes de ambos rubros defendieron sus respectivas trincheras. El reclamo fue el mismo: que hablen solo los expertos. Los riesgos de esa exigencia ya los vimos durante las últimas elecciones presidenciales, cuando el fujimorismo le dijo al Premio Nobel de Literatura 2010 que “solo sirve para escribir”, desautorizando de plano sus opiniones políticas.

Este es, en última instancia, un enfrentamiento entre dos tradiciones –la cocina y la literatura peruana- por arrogarse la representación cultural de un país (siendo la cultura la última rueda de una carcacha sin ruedas). Lejanos parecen los días en que ambas se sentaban a la mesa sin patearse por debajo. Uno podía leer ensayos de Antonio Cisneros sobre mestizaje gastronómico, sesudos textos de Max Hernández, crónicas históricas de Jorge Salazar o una semblanza sobre el escritor y cocinólogo catalán Xavier Domingo a cargo de Rodolfo Hinostroza en una de sus varias columnas (Todas las Salsas, La Verdad de la Milanesa). También se escribía sobre los almuerzos de Lezama Lima, los poemas de Rose y Vallejo (“La cena miserable”), y la cocina en boca de los franceses Talleyrand y Rabelais. Finalmente, hojear suplementos y revistas como Pachamanka y La Buena Mesa, o libros como El Diente del Parnaso (2000) y La Academia en la Olla (1995). Ojalá se pueda repetir ese plato.

(Una versión editada de este texto fue publicada en la última edición de Caretas, aquí).

Carlos Cabanillas

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Deliremos juntos

Foto: Caretas.

Luego del recuento de fin de año Fernando Ampuero nos comunicó, con una broma, su decepción. Y como aquí creemos que el principal blanco del blog debemos ser nosotros mismos, decidimos entrevistarlo. El primer contacto se realizó mediante un correo electrónico, por lo que el autor de El Peruano Imperfecto prefirió responder las preguntas por ese medio. Debido a su extensión, y con el fin de mantener intacto su valor documental, preferimos renunciar a las repreguntas. También hubo un tema de tiempo: decenas de correos mediante, y un mes después, alcanzamos un estadio que, debido a un viaje del entrevistado, amenazaba con seguir extendiéndose. Que no se interprete, entonces, el silencio como acuerdo. Solo una cosa más: con esta entrevista iniciamos un ciclo. Disfruten.

¿Qué opinas de la crítica literaria en general?
Yo suelo decir que las críticas son mi droga favorita. Las críticas me elevan a una exaltada felicidad o me hunden en el más tenebroso desengaño, aunque a veces, claro, cuando me dan una droga bamba y teñida de animadversión personal, me fastidia. Pero no me imagino un mundo sin críticas, sería muy tedioso. En cuanto a las reseñas periodísticas, una reseña correcta, sea cual fuere su tono o intención, revela siempre interés y otorga importancia a un texto. Si son críticas elogiosas, me estimulan y ayudan a vivir; si son desfavorables, me hacen reflexionar; si son antojadizas y envenenadas, me apenan o me hacen sonreír. Un autor, en todo caso, nunca debe olvidar que es imposible contentar a todos los públicos. Y tampoco debería olvidar que hay individuos de muy mala leche. Mira nomás cómo han tratado a Vargas Llosa, antes y después de que le dieran el Nobel. Escritorzuelos como Dante Castro, y otros individuos que no le han ganado a nadie, han despotricado de su obra con adjetivos inmisericordes… ¿Qué reflexiones me suscitan semejantes críticas? Creo que, entre nuestros escritores, mucha gente está interesada en el pleito y no en la literatura, y la causa de esa actitud es que no se sienten lo suficientemente reconocidos. Buscan pleito para obtener visibilidad. Más claro: la literatura peruana es una herida abierta. Y por ahí, tú lo sabes bien, empezó el lío aquel entre andinos y criollos, un sainete que iniciaron los andinos al reclamar más cobertura mediática. Los criollos, aclarémoslo de una vez, son una minoría, pero tienen sus lectores. Y esta situación no les gusta. Tildan nuestros libros de deleznables y nos descalifican como personas. Sin embargo, curiosamente, quisieran estar en nuestros zapatos. Nos atacan como si fuéramos la cultura oficial, sin darse cuenta de que no lo somos. Además, no existe la cultura oficial. ¿Qué es la cultura oficial? ¿Algunos cojudos solemnes de la Academia? ¿Una foto conversada en la Casa de la Literatura? ¿A quién le importa eso? Ya es hora de que entiendan que todo escritor en el Perú, venga de donde venga, es tan marginado como cualquiera.

Me sorprende la facilidad con la que asumes la etiqueta de criollo, pues pensaba que renegarías del corsé.  No me queda claro tampoco lo de la cobertura y los lectores: ¿cuántas ediciones ha vendido Osvaldo Reynoso, en 50 años, de Los Inocentes? ¿La violencia del tiempo, de Miguel Gutiérrez, no fue elegida como una de las novelas de la década por la revista Debate, de Apoyo (difícilmente un medio “andino”)? Mi impresión es que ese debate no respondió a una necesidad de reconocimiento, como tú dices, sino que es consecuencia del declive del canon comercial. No hay ahora, pues, ni Academia ni mercado, y a falta de mejor lugar la polémica descendió a lo primario: la casilla étnica.
No hay que tomar tan en serio estas tonterías. Lo importante es la literatura, no la vida literaria, y menos aun las encuestas: son fotografías para el olvido. En cuanto a la etiqueta de criollo que mencionas, me importa un bledo. Supongo que mis encrespados detractores quieren catalogarme como un blanco limeño, lo cual, a mi modo de ver, yo no lo siento peyorativo, dado que soy un mestizo, un peruano de origen indio y español, como la mayoría de los peruanos, con la diferencia de que tengo la piel clara. Nuestra nación es producto de una sociedad colonial, quiéranlo o no, y mi origen familiar criollo está ennoblecido por las guerras de independencia. Naturalmente, el término criollo me parece obsoleto. Más apropiado sería decir que soy un escritor limeño que ama al Perú, a pesar de todo.  Así de sencillo. Y me sorprende, de otro lado, que no recuerdes la causa principal de la polémica, pues ésta se halla ampliamente registrada en Internet. Los andinos, y sus oportunistas ayayeros, nos acusaron de mafiosos, alegando que manejábamos los medios, lo cual era falso,  y reclamaron mayor cobertura periodística. Ahora, cinco años después, ya no la reclaman, porque tienen gran cobertura (y siempre la tuvieron, en realidad), así como amiguetes en buena parte de los medios, pero igual nos atacan, porque al parecer esto no les sirve de mucho. Ignoro qué los tiene tan insatisfechos… ¿Nuestra existencia? ¿El hecho de que sigamos publicando nuevas obras? Recuerda que hace apenas tres semanas un crítico pedía un desagravio para Miguel  Gutiérrez. ¿Quién lo había ofendido? Nadie. Parecería que lo que les gusta es lloriquear. No les basta la cobertura, ni los “homenajes”.  ¿O acaso Reynoso y Gutiérrez están deseando disfrazarse también de Aladinos en las playas de Asia?

¿Cuáles crees que han sido las consecuencias de este debate?
Se ha pasado de un problema de vanidad herida, que ocasionó inicialmente el lío de los llamados escritores andinos, a un problema de racismo y clasismo. No soportan a los limeños. Se odia a un grupo de escritores por consigna, hagan lo que hagan. La fórmula es bastante vieja: elogian a un escritor para joder a otro. En eso estamos. Y además, para colmo, aderezan la situación con una pugna absurda: pretenden oponer a Arguedas contra Vargas Llosa. ¿Por qué? Antes que oponerlos, deberían complementarlos. El Perú literario es la suma de uno y otro. Pero no, no lo aceptan, pues buena parte de los escritores andinos ha hecho de Arguedas una religión. Me parece que exageran. Arguedas, a mi juicio, tiene un par de libros buenos y otros muy menores. Vargas Llosa, en cambio, es un autor con una calidad y un peso universal indiscutible.

¿La prensa cultural peruana es un páramo porque no existe, porque la que existe es irrelevante o porque es simplemente mala en conjunto?
Es un desierto porque, como cualquiera sabe, los propietarios de los diarios peruanos no dan cabida a la cultura, a excepción de La República, que al menos tiene una página cultural diaria. Si la cultura cuenta con poco espacio, nadie puede desarrollar un tema con cierta profundidad. Las reseñas son brevísimas. El mundo del espectáculo, la frivolidad y la gastronomía han ocupado todo el espacio que había antes.

En muchos países se critica al reseñismo por haber reemplazado a la crítica. Aquí los autores piden a gritos reseñismo, porque en el mejor de los casos lo único que consiguen es difusión. ¿Qué piensas?
No tengo nada contra las reseñas. Creo que debería haber por igual reseñas y críticas. Pero éstas no son el único mecanismo de difusión. Un autor debe ayudar a su editor a vender el libro, dado que hay un compromiso entre ambos, y si no consigue  reseñas puede dar entrevistas, poner afiches o utilizar el Facebook.

¿Cuál ha sido tu experiencia al respecto como editor de Somos y El Dominical?
Muy buena. Pero era otra época de El Comercio, cuando había periodistas decentes y no fenicios de quinta fila. Yo dirigí Somos por siete años, en el período de Alejo Miró Quesada y Bernardo Roca Rey, y tanto la cuota de arte y de cultura en general no se hacía extrañar. Esa revista fue un éxito y demostró que poner un poco de cultura en una revista no espanta a los lectores. Todo lo contrario. Y en el caso de El Dominical, cuya razón de ser no ha sido otra que la de dedicarse a la actualidad cultural, me ocupé en reforzar ese concepto, cosa que hoy no se hace, o bien solo se hace  de manera esporádica. No duré en ese cargo todo el tiempo que hubiera deseado porque, como sabes bien, yo dirigía de forma simultánea la unidad de investigación del diario y acabé despedido a causa de la investigación de los Petroaudios.

¿Qué se siente estar al otro lado ahora que, como dices, se te ha impuesto la “muerte civil” en El Comercio?
No siento nada: descanso en paz, como corresponde, pues estoy pagando el precio de haber hecho un periodismo ético. El Comercio de hoy, el que dirige el ala más reaccionaria de sus accionistas, tomó como represalia ignorar mi obra literaria, cosa que viene haciendo desde hace tres años, aunque en algunos casos, me imagino, habrá también autocensura y mariconada. No se publica una línea sobre mis libros. Todos saben que el anterior editor de Somos, Oscar Malca, fue despedido por publicar una fotografía mía. Pero esto, en fin, me importa muy poco. Los libros caminan solos, la mejor prensa es el boca a boca, y las reseñas y las críticas no solo las hacen las personas dedicadas por oficio a ello. El primer crítico siempre es el lector.

¿Sientes que en el caso peruano los medios digitales han contribuido a degradar el debate cultural o, en su defecto, crees que algunos han logrado contrarrestar la decadencia de la prensa cultural impresa?
Los medios digitales son una alternativa muy buena, primero porque existen (y esto ya es bastante), y segundo porque es una herramienta de gente joven. Lamentablemente muchos se dedican a la escatología, las vendettas y el prolijo ninguneo, porque no todo es “democracia” en el macrocosmos digital: también hay fascismo y desinformación. Y entonces, si se cae en un mal circuito, no solo se degrada el debate cultural, sino la vida. Basta ver lo que pasa a nuestro alrededor.  El país se ha convertido en un torbellino de politiquería barata, rencillas menores e insultos de idiotas por el Twitter. Ahora bien, el problema  de tener un blog diario es que te convierte en un polígrafo desbocado. Quienes lo escriben no se dan a sí mismos el tiempo necesario de reflexión. No estoy hablando del clisé de “respetar la opinión ajena”. Yo no respeto opiniones endebles; yo solo coincido con unas opiniones y discrepo de otras. Estoy hablando de madurar ideas.

¿Qué blogs lees? ¿Cuáles, como el nuestro, te han decepcionado?
¡Por favor! Ustedes no me han decepcionado, porque nunca despertaron en mí ilusiones de ningún tipo. Su juego es asunto conocido, ¿no?  Y respecto al otro punto, los blogs, no los leo a menudo, a excepción de Moleskine Literario, que es un informativo cultural estupendo. Pero tengo una aplicación en Google por la que cada vez que aparece mi nombre mencionado, para bien o para mal, me trasladan el contenido a mi e-mail. Lástima que esa aplicación no elimine el comentario adverso y me envíe solo el favorable. Viviría como en ese infierno de “La isla feliz” de Huxley.

¿A qué críticos peruanos en ejercicio –de cualquier medio- lees?
Leo a todos los que hay, o a todos los que tengo acceso, que son poquísimos. Tenemos críticos muy buenos: Julio Ortega, José Miguel Oviedo y Gustavo Faverón son los más destacados, pero también son fundamentales los ensayos críticos de Luis Loayza, Mario Vargas Llosa y Abelardo Oquendo. Asimismo hay críticos interesantes de poesía como Mario Montalbetti, aunque no siempre entiendo lo que trata de decir, tal vez por mi culpa. Oquendo, que dirige con Mirko Lauer la buena revista Hueso Húmero, es un reseñista ocasional y muy certero. Iván Thays es tanto crítico como escritor y animador cultural. González Vigil, Javier Ágreda y Enrique Sánchez Hernani tienen la virtud de ser constantes. No puedo enumerarlos a todos, pues la mayoría de críticos son aves de paso. Ahora leo por Internet los suplementos culturales de los periódicos extranjeros. Y cuando salgo fuera del país, bueno, me avergüenza decir que no existe en el Perú un suplemento cultural. En esto hemos retrocedido mucho.

Por el recuento del año hemos recibido amenazas de agresión física, amigos eliminados del Facebook e insultos por doquier, además de una carta tuya en duros términos. Y, sin embargo, en el recuento no hay un solo insulto o descalificación personal, solo comentarios valorativos sobre las obras. ¿Crees que nos hemos acostumbrado a no aceptar críticas?
¿Duros términos? No sé de qué hablas. Yo te escribí un correo a ti, Jerónimo, porque  tú y yo nos hemos conocido personalmente, trabajamos juntos por un tiempo y, en ese tren, decidimos olvidar antiguos desaguisados.  Mi carta, de otro lado, tenía dos líneas, era una broma amistosa y te “agradecía” el presente navideño: la lista de libros del 2011 donde ustedes me mandaban a parir. Nada más… Asimismo, te recuerdo que yo no he pedido esta entrevista. Tú me la pediste y yo acepté. ¿Me arriesgué a caer en una especie de trampa? Indudablemente, y no tengo problemas con eso. Sé bien que tras publicar la entrevista en el blog Nosotros Matamos Menos vendrán enseguida los comentarios de los maníacos-depresivos, personas desconocidas y anónimos que se regodean en el retaceo y los insultos. En suma, todos felices, en particular aquellos que se autodenominan matones literarios. Me alegro por ustedes… Además, Jerónimo, la crítica que se ha publicado en tu blog la considero tendenciosa. Ustedes, en la polémica andinos-criollos, defendieron rabiosamente a los andinos. Tendencioso también fue el ingenuo maniqueísmo en el preámbulo de su lista de libros, en el que vuelven a polarizar nuestra narrativa. ¿Qué podía esperarme? Solo diré, para terminar, que hay otra lista de los libros del 2011 que favorece a mi reciente novela, El Peruano Imperfecto; por ejemplo, la del blog que escribe Julio Ortega (http://www.elboomeran.com/blog/483/blog-de-julio-ortega). Y que fuera de eso (lo digo sin jactancia) me favorecen los lectores. No es mucho, pero es algo, pues en menos de tres meses El Peruano Imperfecto ha sido reimpreso, cosa infrecuente en estos tiempos, sobre todo cuando a un libro, como es mi caso, lo piratean masivamente desde la primera semana de su aparición.

¿Se cultivan los rencores? ¿Qué piensas de tu novela El Enano ahora, a la distancia?
No cultivo rencores. Prefiero las hortensias. Ahora bien, si alguien me sigue dando la lata, le voy a contestar, a la larga o a la corta. Si se calma, también me calmo yo. Aunque parezca gracioso decirlo, no me interesa sostener polémicas. Pero no siempre puedo evitarlo. El Enano fue una respuesta a una infinidad de insultos y abusos de un hombre con relativo talento, pero muy mala persona. Ese libro me robó la mitad de un verano: lo escribí en la playa en cosa de dos meses. Por cada página que escribía, salía unos quince minutos a nadar. Luego, más fresco, le daba nuevamente a las teclas. Si en un día avanzaba ocho páginas, eran ocho zambullidas. Cuando estaba en el mar compartía el tiempo con mi novia, Soledad, con quien en esos días pasábamos juntos nuestro primer verano. Yo, muy apenado, pedía disculpas por ser un enamorado tan aburrido. Recuerdo que le decía: “Tengo que terminar este libro y luego tomaré unas vacaciones de escritura de varios meses”. En las noches, eso sí, la llevaba a cenar a los restaurancitos de Punta Hermosa y me reía a carcajadas contándole lo que ese día había escrito. Ella también reía, pero es más sensata que yo y me sugirió que debía eliminar algunas anécdotas excesivas. Le hice caso. También le hice caso cuando me dijo que no era necesario escribir una segunda parte de El Enano, porque con los escándalos del caso Fernando Zevallos y el caso Bavaria yo decía que había mucha tela por cortar.

¿Qué piensas de los enemigos literarios?
Son individuos que hacen interesante la vida, siempre y cuando sean personas inteligentes y con sentido del humor. Lo peor que nos puede pasar es que se  aparezcan enemigos tontos, ya que muchos de quienes nos odian se vanaglorian de su espontaneidad. De suceder algo así,  la única alternativa es ignorarlos. Sin embargo, hay algo más terrible aún: no tener lo uno ni lo otro.  Oscar Wilde, con la agudeza lacerante que lo distinguía, decía sobre Sir Bernard Shaw: “No tiene ningún enemigo en este mundo, y ninguno de sus amigos lo quiere”. Qué espanto. Me hace pensar en algunos escribas infelices que conozco bien, aunque ellos crean que pueden engañarme. (Jerónimo Pimentel)

La que se viene…

Como parte de las repercusiones del recuento literario del año pasado (amenazas de agresión física, insultos, eliminaciones del Facebook y otras especies propias de la provincia peruana), una larga entrevista a Fernando Ampuero. Sí, Ampuero. Vale tomar en cuenta dos cosas: la entrevista nace de su descontento con el blog y, un poco más allá, con el estado de la prensa cultural peruana. Un adelanto de un intercambio que promete ser, por lo menos, divertido.

¿Qué opinas de la crítica literaria en general?

Yo suelo decir que las críticas son mi droga favorita. Las críticas me elevan a una exaltada felicidad o me hunden en el más tenebroso desengaño, aunque a veces, claro, cuando me dan una droga bamba y teñida de animadversión personal, me fastidia. Pero no me imagino un mundo sin críticas. Sería muy tedioso… En cuanto a las reseñas periodísticas, una reseña correcta, sea cual fuere su tono o intención, revela siempre interés y otorga importancia a un texto. Si son críticas elogiosas, me estimulan y ayudan a vivir; si son desfavorables, me hacen reflexionar; si son antojadizas y envenenadas, me apenan o me hacen sonreír. Un autor, en todo caso, nunca debe olvidar que es imposible contentar a todos los públicos. Y tampoco debería olvidar que hay individuos de muy mala leche. Mira nomás cómo han tratado a Vargas Llosa, antes y después de que le dieran el Nobel. Escritorzuelos como Dante Castro, y otros individuos que no le han ganado a nadie, han despotricado de su obra con adjetivos inmisericordes. ¿Qué reflexiones me suscitan semejantes críticas? Creo que, entre nuestros escritores, mucha gente está interesada en el pleito y no en la literatura, y la causa de esa actitud es que no se sienten lo suficientemente reconocidos. Buscan pleito para obtener visibilidad. Más claro: la literatura peruana es una herida abierta. Y por ahí, tú lo sabes bien, empezó el lío aquel entre andinos y criollos, un sainete que iniciaron los andinos al reclamar más cobertura mediática… Los criollos, aclarémoslo de una vez, son una minoría, pero tienen sus lectores. Y esta situación no les gusta. Tildan nuestros libros de deleznables y nos descalifican como personas. Sin embargo, curiosamente, quisieran estar en nuestros zapatos. Nos atacan como si fuéramos la cultura oficial, sin darse cuenta de que no lo somos. Además, no existe la cultura oficial. ¿Qué es la cultura oficial? ¿Algunos cojudos solemnes de la Academia? ¿Una foto conversada en la Casa de la Literatura? ¿A quién le importa eso? Ya es hora de que entiendan que todo escritor en el Perú, venga de donde venga, es tan marginado como cualquiera.

Balas perdidas (5)

Ajuste de cuentas (con uno mismo)

A medias roman à clef, a medias bildungsroman, ‘País sin nombre’ (Mesa Redonda, 2011) es el debut novelístico del poeta José Rosas Ribeyro, conocido sobre todo por su estupendo poemario ‘Curriculum Mortis’ (1985; hay un pequeño lote de ejemplares redescubiertos que se puede encontrar en Librería Inestable).
La novela funciona como una suerte de visión de parte de una época, entre los sesenta y setenta, donde las militancias políticas y poéticas eran los tránsitos naturales de eso que hoy se llama “lo publico” y “lo privado”. Así, como telón de fondo del descubrimiento vocacional, las ansias revolucionarias y el despertar hormonal de Javier Rosales Riquelme -el evidente alter ego del autor-, vemos pasar los procesos sociales peruanos apenas maquillados, como la instalación de la dictadura militar de Velando o las veleidades del partido arpista; junto a eventos propios de la movida literaria de la época, como la creación del grupo Nueva Era (anunciada en la revista ‘Máscaras’) o el nacimiento de la poesía del cuerpo a partir de la edición que Rosales y Elmer Bustos hacen de una poeta suicida llamada María. Como dice el disclaimer inicial: “…toda similitud con personajes, hechos y lugares reales es pura coincidencia”. En fin.
Ya en este punto podemos mencionar un primer apunte crítico: la novela de JRR nunca alcanza la autonomía suficiente como para que nos podamos desasir del correlato de realidad al que continuamente alude, razón por la que creemos que hubiera sido más provechoso evadir la excusa ficcional. Esto podría ser un problema de lectura, pero el autor pone mucho de su parte en ello: tal vez la resistencia confesa que JRR tiene por el narrador omnisciente lo obliga a insistir en una visión unívoca, lo que torna a la novela plana (Bolaño salvó el escollo al hacer polifónica la segunda parte de ‘Los Detectives Salvajes’); la fruición por el anecdotismo es, por decir algo suave, incontinente (522 páginas); y la poca pericia técnica del autor termina por reforzar la sensación de que ‘País sin nombre’, más que una novela, pudo ser una buena memoria, si existiese la costumbre de hacerlas.
No es que confundamos realidad con ficción, pero no podemos dejar de señalar el efecto paródico del recurso. No sirve de nada, como le exigía Eliot a los críticos, que éstos juzguen a una obra por lo que no quiso ser, pero la excepción aquí parece justificada: ¿por qué llamar Verdejo a Vallejo y parafrasear malamente sus versos? ¿Tiene algún sentido literario decir que el famoso verso de María Emilia Cornejo no es “soy la chica mala de la historia” sino “la chica pérfida” con el único fin de mantener la verosimilitud interna, la cohesión ficcional?
Otro problema tiene que ver con la ambición. Cualquier novela que exceda el medio millar de páginas está condenada a ser magnífica, pues no se entiende otra razón para privar al lector de ese hermoso recurso que es la economía de lenguaje. En cambio, en ‘País sin nombre’ nos encontramos con cambios temporales caprichosos que no responden a una estructura pero que sirven para crear largas digresiones sobre lo que el autor piensa del mundo; metáforas dudosas, como aquella que compara a un hombre durmiendo en la cama con un “taco mexicano bien caliente” (defecto grave en tanto la buena poesía de JRR prometía una prosa más atildada, expresiva y musical); y serios problemas al momento de plasmar la oralidad, como cuando se le hace decir a un personaje que la comida nacional es “para chuparse los dedos” o a otro que lo acompañe “sin chistar”. Finalmente, el espíritu de fabulación es contradictorio: el autor no ha tenido problemas para desarrollar los episodios más nimios, en cambio, nos regala de vez en cuando hartazgos como éste: “Después, hablamos de algo más pero ya no me acuerdo de qué y me da una enorme pereza inventar ahora un diálogo adecuado para la escena”.
La novela repunta, en cambio, cuando la voz se detiene en los procesos emocionales para ahondar en algo que aún no está suficientemente literarizado: la educación emocional de la época. En algún momento de los setenta en ese país sin nombre tan parecido al Perú se mezclaron demasiadas corrientes a la vez: marxistas y maoístas duros con guerrilleros románticos guevaristas, militares revolucionarios con represivos, sindicalistas y diletantes, beats y hippies, migrantes y criollos, etc. La gran historia que aún no se cuenta y que aquí se vislumbra tiene que ver con esos humores y calores, con ese juego emocional y sentimental detrás de las ideologías. Los personajes masculinos que hubieran podido crear estas dinámicas, sin embargo, no están del todo desarrollados, ya que el autor apuesta solo por uno, adivinen quién. Aún así, ‘País sin nombre’ tiene el raro acierto de crear un puñado de secundarios femeninos memorables, como Magda, La Chola y Carolina, que bien pueden figurar en una antología del amor revolucionario junto a la Tamara Fiol de Gutiérrez.
‘País sin nombre’, en el balance final, es un producto narrativo poco convincente. No podemos dejar de pensar, de todas formas, qué hubiera sido del libro con 200 páginas menos y un buen editor. (Jerónimo Pimentel)

[José Rosas Ribeyro, País sin nombre (2011). Grupo Editorial Mesa Redonda. Relación con la editorial: ninguna. Relación con el autor: cordial].
Esa fuente existe

La primera etapa de la obra poética de Sonia Luz Carrillo (Lima, 1948) se inicia con Sin nombre propio (1973) y llega hasta Tierra de todos (1989) abarcando cuatro libros en total (los otros son …Y el corazón ardiendo, de 1979, y La realidad en cámara oscura, de 1981). No hay diferencias significativas entre estos volúmenes: se trata de una poesía en arte menor, de ínfulas contestatarias, intermitentemente progre, panfletaria en sus peores momentos (como su poema Concurso de belleza, que acaba así: “Ha salido ganador / el ejemplar / que se asemeja / al prototipo que impone la metrópoli. / Dentro de poco/ será exhibido/ en el circo de Bob Hope / allá, en el Vietnam”) y a la vez con pasajes hogareños, líricos e introspectivos que intentan atenuar cierta sensiblería recurrente con una ironía que en el mejor de los casos puede resultar simpática (“Dime Safo, / tú que también fuiste hembra / e intentabas poesía / ¿Fuiste también tenida / en bello / apetecible / gran estorbo?”).

La segunda etapa de la obra de Carrillo se inicia con Las frutas sobre la mesa (1998), que, sin llegar a las alturas de otros compañeros de promoción setenteros, es sin duda su mejor libro, bastante menos ingenuo y expresivamente más cuajado que sus poemarios anteriores. Carrillo deja de lado sus veleidades revolucionarias y realiza un correcto ejercicio de autoconocimiento al que no escapa su trabajo con la palabra ni el arreglo de cuentas con el pasado:“A tiempo nos pusimos a distancia / de discursos envejecidos por los acontecimientos”. Trece años después Sonia Luz Carrillo entrega Callada fuente(2011), libro que constituye su vuelta al ruedo luego de la tentativa de reformulación temática que significó Las frutas sobre la mesa.

La primera impresión que tengo es que en este libro asistimos, por decirlo de alguna manera, a una parcial blancavarelización. El primer poema –uno de los mejores que ha escrito Sonia Luz Carrillo, sin duda- recuerda a la poeta de Canto villano por su estilo, su ácida ironía, sus símbolos: “Cría cuervos / Amamanta / Sus pliegues, sus dobleces // Nada de lo que hagas / Tiene garantía alguna / De ser útil o perfecto // Cría pacientemente / estos inútiles objetos / hasta que te saquen // Las pupilas llenas de asombro”. Esta impresión se repite en varios otros poemas, como Partida, Frente al pacífico u Ojos de ver, que, sin ser necesariamente logrados, comparten similares características.

Luego del primer poema el encanto se rompe rápidamente. Nos encontramos con varias fórmulas eficazmente empleadas, con poemas que se contentan con estar bien escritos, con apuntes que quieren ser poemas con trascendencia y rotundidad y se agotan en el intento (“Largo café / bebido en honor / del instante huidizo // Ingenio / de las frases // Emoción apresada // Conceptos macerados // Conciencia de lo inasible”), y con textos inapelablemente fallidos, como aquellos donde la poeta nos sermonea sobre los males de la era digital (“Oponer el pulgar/ no basta. / Se sabe / desde antiguo (…) Oponer el pulgar no basta / Frente al aparato / que clama respuesta / que solo pide el dedo pulgar / sumiso / inconsciente / obediente / no basta oponer el pulgar”; “Alguien llama, comenta su soledad / Alguien envía un correo / sobre su soledad / Alguien proclama en el ciberespacio su soledad (…) Escribo a solas / Me encuentro entre páginas / escribo / a solas / la palabra / libertad”. ).

Pero lo que más afecta el buen desarrollo del libro es el problema que ha padecido Carrillo desde su libro debut: su nulo interés por emprender una búsqueda estilística personal, su terca convencionalidad, su preferencia por adquirir oficio más que por arriesgar una evolución. Después de la búsqueda de certezas luego de tres décadas de dudas que representó para Carrillo Las frutas sobre la mesa, en Callada fuente ha terminado por elegir –o más bien refrendar- el conservador camino de lo conocido, de lo inofensivo, de lo estipulado de antemano. Por ello, aunque es bastante mejor que sus libros de los años setentas y ochentas, Callada fuente es un paso atrás en la obra poética de Sonia Luz Carrillo, luego de su poemario anterior, mucho más fresco y auténtico. (José Carlos Yrigoyen)

[Sonia Luz Carrillo, Callada Fuente (2011). Paracaídas editores. Relación con la editorial: ninguna. Relación con el autor: ninguna].

Ego Nacional de Poesía

Hace varios años entrevisté a Martín Caparrós a propósito de una visita a Lima. Dentro de las varias cosas que me sorprendió de su conversación, recuerdo sobre todo dos: primero, su odio a Osvaldo Soriano, quien según él caminaba por los cafés de Buenos Aires con una libreta en la mano para nutrir su lista negra de enemigos (en la que estaba él); y segundo, que le gustaba que el Perú no tuviera un Premio Nacional de Literatura. Antes de escuchar su argumento lo miré con escepticismo, luego de lo cual me dio una larga aclaración que tenía que ver con la relación que establecían los intelectuales con el poder. Esa vez la conversación devino en México, su sistema de becas, el silencio comprado durante el PRI y el debate Vargas Llosa-Paz por aquello de la “dictadura perfecta”. Si la conversación hubiese tenido lugar hoy, estoy seguro de que el ejemplo hubiera sido Argentina, los “intelectuales K” y Vargas Llosa de nuevo, solo que esta vez por el affaire de la Feria del Libro.

Bueno, el punto es que Petroperú está relanzando los Premios Nacionales de Fomento a la Cultura en coordinación con el Ministerio de Cultura, en virtud de un memorándum firmado hoy donde se establece lo siguiente:

La propuesta incluirá premios en las categorías Premio Nacional a la Trayectoria Artística (recuperación del Premio Nacional de Arte y Literatura), Premio Nacional de Talento Creativo (dirigido a reconocer a personas que han sobresalido en algún ámbito de la creación cultural, sin importar la edad o trayectoria), Premio a las Buenas Prácticas Culturales (dirigido a instituciones y empresas que fomenten la cultura nacional) y el Premio Especial  (entregado de manera excepcional por circunstancias o aniversarios culturales muy relevantes).

Más allá de la tierna ambigüedad de la última categoría, y de que estas están más o menos determinadas, la pregunta es ¿cuál sería la mejor modalidad para un Premio? Algunas de las opciones son:

1.     Mejor obra del año (como en los extintos Premios Nacionales).

2.     A la carrera de un artista (lo más lógico, en tanto el Copé funciona como un premio anual).

3.     Con dotación económica única.

4.     Con dotación económica y pensión vitalicia (como en Chile).

5.     Bianual (como en Chile).

6.     Con modalidad juvenil (Premio Poeta Joven del Perú).

7.     Becas por proyecto (México y Chile).

8.     Pensión mínima por registro municipal (el descabellado modelo argentino).

9.     “Poeta laureado” (el modelo anglosajón, ya sea Congreso –un despropósito- o la reina –que no tenemos-).

De aquí surgen muchas preguntas.

¿Qué disciplinas califican como premiables? En un escenario pesimista, incluso la gastronomía (¿por qué insisten en que es arte?), lo que nos haría una caricatura de país.

Luego, ¿quién decide? Dejar este rol a la burocracia (delegados del INC, del Ministerio de Cultura, etc.) sería negligente. Y por otro lado, un jurado, por definición, forma un canon: ¿quién determina cuál es? ¿Susana Baca? ¿Su esposo? ¿Un corral de vacas sagradas? Otra opción es que sean académicos respetables. El modelo Copé convoca a un profesor de la Pucp, a otro de San Marcos, a alguien de la Academia Peruana de la Lengua y a un representante propio. Bien, ¿qué ha asegurado este modelo de terna en los últimos años? Prácticamente la invisibilidad y el poco nivel de los ganadores, con contadísimas excepciones que habrá tiempo de nombrar otro día. Si no falla el estímulo, que en el caso del Copé es cuantioso, ¿cuál es el problema? ¿Los creadores o quienes eligen?

Grosso modo, podemos hacer ya un balance de ventajas y desventajas obvias.

Es increíble que escritores como Rodolfo Hinostroza o Enrique Verástegui, cuyo trabajo es largamente utilizado en materiales educativos a cambio de nada, no posean ningún tipo de reconocimiento (el Premio Southern, de frecuencia casi esporádica, es insuficiente). Evitar lo que le ocurrió a Paco Bendezú o a Alejandro Romualdo con alguna iniciativa de este tipo ayudaría a paliar el múltiple abandono que sufren los artistas. No es un abandono retórico: los narradores de éxito y los libros de autoayuda demuestran que el Estado no es capaz siquiera de respetar sus propias reglas, así que si éstos dependen del éxito en el mercado, por la piratería, están perdidos.

En el lado negativo, figura la posibilidad siempre latente de generar redes de clientelismo. En México y Argentina este modelo ha alcanzado el paroxismo, al punto de que se hace imposible escardar la mediocridad de la luz. Y por otra parte, ¿no es parte de su atractivo, y aquí hablo ya solo de poesía, la distancia respecto al mercado, su coexistencia al margen de, ese tono impoluto que cobra por no responder a las reglas capitalistas (por tiraje y ventas difícilmente la poesía es un producto, a lo más, una artesanía)?

Por último y no por ello menos importante, ¿qué piensa el lector?

Jerónimo Pimentel

El libro perdido de Hinostroza

El mundo de la inteligencia, 1967

La primera vez que oí de este asunto fue en 1996, durante una conversación con el poeta Bruno Mendizábal en su conventual departamento de San Felipe. No sé de dónde salió el tema, pero Bruno me contó una de las leyendas más oscuras de la poesía peruana contemporánea: que Rodolfo Hinostroza, el gran poeta de Consejero del Lobo (1965) y Contra natura (1970), había publicado un libro luego de su primer poemario, pero que, arrepentido a los pocos días, lo retiró de todas las librerías y se deshizo de casi toda la edición completa.

La historia era interesante, pero había que tener el libro en las manos para confirmarla.

En quince años habré escuchado dos o tres veces más esa historia, aderezada con otros detalles o plenamente modificada (otra versión aseguraba que el autor era el padre de Hinostroza, Octavio, que también fue poeta bajo el seudónimo de Gabriel Delande, editado crípticamente por su hijo). El diccionario bibliográfico de poesía peruana 1965-1979 de Jesús Cabel confirmaba la existencia del volumen, atribuyéndoselo a un enigmático Hinostroza a secas. El libro se llamaba El mundo de la inteligencia y había sido publicado en 1967 nada menos que por Ediciones de la Biblioteca Universitaria, la misma casa editora que lanzó ese mismo año la célebre antología Los nuevos, de Leonidas Cevallos, y luego algunos libros de Julio Ortega. Toda la evidencia estaba en las sombras. Para colmo, un par de años atrás un periodista me contó que le había preguntado a Rodolfo Hinostroza por ese libro en un cuestionario escrito y que este había preferido no contestar nada al respecto.

Era demasiado. Había que conseguir El mundo de la inteligencia de una vez. Así que recurrí al librero y poeta Carlos Carnero, quien administra la imprescindible librería Inestable de la calle Porta. Carnero me vendió un ejemplar hace unas horas. Luego de dos lecturas y de revisar el libro con la minuciosidad con la que un arqueólogo escudriña una daga babilónica que acaba de rescatar del polvo, puedo ir anotando unas conclusiones preliminares a favor y en contra de la teoría de que este es el hijo literario no reconocido de Rodolfo Hinostroza Clausen.

A favor:

1)     La dedicatoria reza: “A la memoria de Octavio P. Hinostroza, mi padre”. El padre del auténtico Hinostroza, se llama, como ya dije, Octavio. El dato hasta este momento no confirmado (pero que el Hinostroza verídico podría aclarar fácilmente) es si el segundo nombre de Octavio Hinostroza Figueroa comenzaba con P. Si la respuesta es no, no hay mucho más que alegar.

2)     Debe quedar claro desde ya que El mundo de la inteligencia es un mal libro. Su autor, sea quien sea, pretende reflexionar sobre la naturaleza humana, la psicología, los procesos del pensamiento, el alma, el amor y el sexo en una clave entre aforística y sentenciosa, pero cierta ingenuidad y grandilocuencia, además de un experimentalismo demasiado elemental, arruinan buena parte del conjunto. Sin embargo, no es tampoco tan malo como para desechar la posibilidad de que sea el gazapo de un autor talentoso. Aquí y allá encontramos fragmentos, breves poemas que delatan a un autor de un nivel mayor que el de tantos vates desconocidos y anodinos que forman la tercera división de la poesía peruana.

3)     El mundo de la inteligencia fue publicado por las Ediciones de la Biblioteca Universitaria, una editorial estimable que, en conjunto con La Rama Florida o en solitario, entregó varios libros de poetas de nivel, además de antologías valiosas como la emblemática Los nuevos. Se dice que el autor de El mundo de la inteligencia era un ignoto poeta de Huancayo que surgió prácticamente de la nada. ¿Cómo llegó este escriba anónimo, que no ha dejado una sola pista en la historia de la poesía peruana a publicar en una editorial con un catálogo más o menos de nivel? ¿Quién lo contactó? ¿Ninguno de los encargados de la editorial lo recuerda? ¿Llegó realmente a venderse este poemario en librerías?

4)     Y estas preguntas nos llevan a otras: si realmente Rodolfo Hinostroza no es el autor de El mundo de la inteligencia, ¿quién es?  ¿Qué fue de él? ¿Lo conoce algún habitante de Huancayo? ¿Por qué publicó su libro solo con su apellido? ¿Qué quería ocultar este “Hinostroza”?

5)     Aunque esta prueba es sumamente circunstancial, hay que anotarla: si El mundo de la inteligencia es el libro de un ilustre desconocido, ¿por qué los libreros que lo venden siempre le asignan precios altos, a la par de los poemarios de autores conocidos y reconocidos? He podido encontrarlo hasta en ochenta soles; mi ejemplar costó cincuenta. ¿Qué libro de un poeta sin mayor fama ni brillo llega a tanto? ¿O uno no compra el libro en sí, sino la pintoresca leyenda que lo envuelve?

6)     Y, finalmente, este libro podría ser de Rodolfo Hinostroza porque la vida suele parecerse a una novela de Bolaño.

En contra:

1)     Jerónimo Pimentel le preguntó hace poco al buen Rodolfo si él era el autor del librito de marras. Luego de reírse estruendosamente, declaró que estaba harto de que le hicieran esa pregunta, y que él no era el autor de ninguna manera. Es más, afirmó que nunca había leído El mundo de la inteligencia. Ni siquiera había tenido un ejemplar en las manos. “Carajo, ese libro me persigue”, suspiró, dejando así el asunto cerrado.

2)     Una tercera persona, el ubicuo José Rosas Ribeyro, asegura que ese libro es una farsa, que  conoció a su verdadero autor, un personajillo que vagabundeaba por los bares del centro –del que no nos pudo dar su nombre- y que El mundo de la inteligencia fue apenas un vano intento por conseguir algo de notoriedad. Rosas afirma que nada en ese libro es verdad; según él, ni siquiera fue editado por las Ediciones de la Biblioteca Universitaria. La intervención de José Rosas abre otra posibilidad sobre la autoría real de este poemario: ¿Y si fue el juego de uno o más individuos con mucho tiempo libre y ganas de confundir a los lectores limeños de poesía? Aunque es una de las teorías menos probables, no debemos descartar esa posibilidad.

3)     El estilo del libro no tiene nada que ver con el de Rodolfo Hinostroza. Una lectura sesgada y tendenciosa puede hallar algún verso que lo relacione con el poeta de Nudo Borromeo (“el libre albedrío / determina su futuro / No hay horóscopos escritos / que encaminan / ni mala suerte / que asuste / el niño / no tiene más ejemplo que nosotros mismos”), pero en general los poemas no tienen puntos de contacto con la obra oficial de nuestro autor.

4)     Ninguno de los críticos que han estudiado la obra de Rodolfo Hinostroza –que no son pocos-  considera este libro como probable parte de su corpus poético. Es más, incluso se dice –no he podido confirmar aún este dato- que José Miguel Oviedo llegó a publicar una nota en la prensa advirtiendo que El mundo de la inteligencia no era de ningún modo el segundo libro de Hinostroza.

Estos son, pues, las conjeturas y datos disponibles. Si algún parroquiano de NMM tiene algo más que agregar, o posee la llave que abre este enigmático baúl, adelante: diríjase a la sección de comentarios y despáchese con todo. El premio para el que resuelva este acertijo es un paquete con la obra completa de Winston Orrillo. No pierda esta única oportunidad.

(José Carlos Yrigoyen, en colaboración con Jerónimo Pimentel)

Una pasión latina (presentación)

Una gran novela siempre deja preguntas. En algunos casos reflexiones. Quiero agradecer esta oportunidad para compartir ambas con ustedes.

Lo primero que hay que decir es que Miguel Gutiérrez es el único autor peruano, junto a Mario Vargas Llosa, que puede figurar al lado de cualquier novelista del mundo sin ruborizarse.

Lo segundo es que ‘Una pasión latina’ es la última prueba de ello.

Gutiérrez se vale de un recurso de maestro: utilizar un género para intervenirlo y reformularlo hasta convertirlo en otra cosa. Es lo que hizo Piglia con ‘Respiración artificial’, Fonseca con ‘Agosto’ y Bolaño con ‘Los detectives salvajes’, por hacer una lista breve y reciente en la que el policial, en el sentido más abierto, ha servido para este propósito. Pero ocurre lo mismo con la ciencia ficción, cuando uno piensa en ‘Solaris’ del gran escritor polaco Stanislaw Lem, o en ‘El hombre en el castillo’, la formidable ucronía de Philip K. Dick; y puestos a historiografiar, llegaríamos hasta Cervantes, ‘El Quijote’ y la novela de caballería.

La técnica parece fácil, pero en realidad no lo es. Los convencionalismos de género seducen y arrastran con facilidad, por lo que es necesario combatirlos con símbolos, líneas paralelas y un fondo ontológico que permitan que la trama se sosiegue y sea solo eso, trama, diégesis, pero que no se vuelva ni el corazón ni el objetivo de la obra, porque en ese caso no estaríamos ya ante una reinvención del género, sino ante una mera forma de entretenimiento, y en algunos casos, ante una trampa.

Alejandro Gándara, el crítico español, lo expresa mejor que yo a propósito de la última novela de Juan Gabriel Vásquez, ‘El ruido de las cosas al caer’. Después de un largo elogio asegura: “La única precaución [que me crea] es que todo está llevado por una intriga, por el desvelamiento obsesivo de un enigma, y esas estructuras narrativas tienden a devorar lo que encuentran a su paso, por más profundo e interesante que sea. Hay gente que piensa que la intriga en un relato es una forma de pereza. Yo, por poner un ejemplo cercano, lo pienso a veces. En esta novela lo he pensado un poco. Me distrae de lo que interesa, se zampa lo que hay que meditar con detenimiento, lo que abriría la ventana a otro mundo. Puede que le quite verdad, le quite ley. Quiero ver Colombia y a ratos veo a un lechuguino que se duele demasiado de sus exclusivas heridas”.

Una de los aciertos de ‘Una pasión latina’ es que esto no pasa. Aquí está el Perú, quiero decir, el Perú de Gutiérrez, que nos duele a todos. Si tuviera que ser benévolo, diría que es un Perú crudo, estamental, que se nos muestra sin complacencias ni encubrimientos. Si descubro mi vena determinista diría: es el Perú que nos tocó. En cambio, si debo citar a un poeta, preferiría una frase que tanto Miguel como Enrique recuerdan bien: “a nosotros se nos ha entregado una catástrofe para poetizar”.

Permítanme elaborar un poco esta idea.

El encanto del policial (y digo de nuevo “policial” en un sentido abierto, de tal forma que englobe al thriller, al noir, al hard boiled, a la novela de espías, al misterio de cuarto cerrado, etc.), el encanto del policial, decía, como género a ser reelaborado, es múltiple: la búsqueda de la verdad, el crimen como síntoma social y la figura del detective/policía/periodista investido de cierto romanticismo al emprender una causa justa pero en apariencia imposible, tienden a tornar secundaria la materia literaria. Sin embargo, en una ‘Una pasión latina’ al culpable lo conocemos en la página 16. Y toda la búsqueda consiste en entender los motivos de alguien que es de por sí un enigma: si no el primer peruano, al menos el primer peruano moderno.

Haciendo gala de su magnífica capacidad de construir personajes (ampliamente demostrada desde Los Villar de ‘La violencia del tiempo’ hasta la penúltima Tamara Fiol), Gutiérrez crea una suerte de hombre-alegórico en Nolasco Vílchez Temoche. Él, como el primer peruano, es fruto de una violación; y como el primer peruano con las herramientas intelectuales para entender su condición intermedia, el Inca Garcilaso de la Vega, es presa de su hallazgo, de su confusión identitaria. Como decía otro mestizo citado en esta novela, el gran poeta de Santa Lucía, Derek Walcott, Nolasco Vílchez se debate entre dos absolutos: “o no soy nadie o soy una nación”.

¿Pero hay un crimen nacional? ¿Es dable pensar en un crimen peruano o latino? ¿Una condición social exculpa o al menos explica nuestro comportamiento individual? ¿Es este un misterio resoluble?

“O no soy nadie o soy una nación”.

Uno de los grandes aciertos de esta novela consiste en que avanza por la tensión que genera esta dicotomía sin equilibrio, entre el todo y la nada, siempre al borde del desbalance. Vílchez puede ser una nación, ¿pero cuál? La respuesta, de nuevo, se bifurca. Hay por lo menos dos narrativas propuestas: la del hombre que se hace a sí mismo, el self made-man que surge de las tinieblas pueblerinas del Perú profundo y alcanza éxito y fortuna en Estados Unidos; y la del hombre revolucionario, un nuevo hombre pergeñado de una sensibilidad, una ética y una ideología diferentes con las que construirá al nuevo Perú desde sus ruinas. Vílchez no solo vive, sino que de alguna forma ES ambos mundos: el suyo, andino, cholo y pobre, que aborrece y desprecia, pero del que irónicamente es o puede ser héroe (sea político, al menos deportivo); y el otro, occidental, blanco y rico, próximo pero distante, un modelo aspiracional si se quiere, que le fascina a niveles patológicos y que lo usará o lo degradará o en el mejor de los casos lo ignorará como el detritus de una época en la que tal vez fue útil. Pero aunque Gutiérrez bebe de Arguedas, no es esta una revisión del drama del aculturado: aquí la víctima se vuelve victimario al amparo de un aforismo de Don de Lillo, y ambas narrativas se despliegan ante el protagonista mostrando sus oportunidades y sus límites, sus fastos y sus miserias: por cada Sendero Luminoso hay una guerra de Vietnam; por cada película de Hitchcock hay una artesanía de ‘Las Encantadas’ o un bodegón ayacuchano; por cada sueño de revolución comunista hay un Sueño Americano, un Destino Manifiesto. Como si se tratase de un juego dialéctico, cada matriz exhibe su oferta y ante ella Nolasco Vílchez languidece en su imposibilidad de encajar. Apostar por una implica traicionar a la otra y aunque Nolasco apuesta y traiciona, es decir, decide, no puede evitar su condición que es en verdad una condena: habita en la cisura de un mundo dislocado, trágico e irreconciliable, y ante la incapacidad de una salida victoriosa por el portón central, le queda solo el patio trasero, la puerta falsa, aquella que lleva a la crónica roja o, sin más, a la locura.

El doblez, el espejo y la otredad son las claves para entenderlo. A Nolasco se le opone su versión pasteurizada, a saber, el narrador más visible de ‘Una pasión latina’: Artimidoro Correa. Si asumimos que no hay arbitrariedad en la elección del nombre de los personajes, Artimidoro saca provecho de su apellido: su ideario, moderadamente socialista le lleva no a afiliarse, pero sí a ser amigo del partido; su tibia militancia lo expone a ser perseguido, investigado e interrogado, pero nunca encarcelado; su medianía es su factor de sobrevivencia: ni gran intelectual, ni gran subversivo, ni gran novelista, ni gran nada. Artimidoro es la versión cojuda y diletante de Nolasco, un espectador casual y asustado, un relator disciplinado y chismoso, como si en los restos de las vidas ajenas fuera a encontrar su propia gloria.

Por lo demás, este es el tipo de simetría que entablan también los secundarios: Charo Méndez, la portorriqueña que despabila a Nolasco de la modorra angloamericana, le recuerda a Antuca, su madre, y luego a Febe Ubillús, su primera obsesión masturbatoria, en una suerte de línea freudiana; Trude Ostendorf, la utopía aria que despierta la fantasía sexual del niño, reencarna en Karen Spiegel, con quien se cumple la lujuria para escándalo de la pacatería piurana; el poeta Walcott, en plan ‘cameo’ como hemos dicho, comparte reflexión con el Inca Garcilaso, y por momentos ocurre la bella impresión de que ambos hubieran podido firmar un mismo verso. Quiero decir, hasta la humillación social comparte escenario, gracias a una hermoso juego de metonimia plasmado a través de una cancha de básquet, el lugar que por talento le corresponde a Nolasco pero donde cruelmente recibe su primer y último vejamen.

¿Cómo escapar de ello, entonces de una vida cíclica y sin heroísmo? Y algo más: ¿qué ocurre cuando la vida es, en efecto, un aforismo de Don de Lillo?

El arquitecto entra a zanjar y la obra torna polifónica. Para evitar la versión unívoca, Gutiérrez se vale del interrogatorio, el informe y la epístola para abrir las voces a la novela y crear los contrastes y confirmaciones que necesita este thriller psicológico con vocación de novela total y aliento de novela de espías. La técnica aparece y los tiempos se entrecruzan a través de flashbacks y evocaciones que otorgan nuevos niveles y dimensiones a los sucesos. Vemos así constantes y variables, y escenarios tan ajenos entre así como Piura de los años 50, Ayacucho de los 60, Lima de los 80 y Washington de los 90 aparecen unidos por una macabra complicidad: el peso social, duro como una comba, golpea a los individuos que, mejor o peor equipados para el castigo, empiezan a recordar aquello que decía Lanssiers: la mayoría de hombres no muere, se deshace.

Llegado este punto, es válido preguntarse si se cumple la vieja regla cristiana, que curiosamente es la misma que la de Sherlock Holmes y Auguste Dupin: ¿la verdad libera? ¿La verdad, como decían los teóricos del hard-boiled norteamericano, restituye por sí sola el orden social? Más aún, ¿queremos que el orden social sea restituido?

No, parece decir Gutiérrez con ‘Una pasión latina’. La realidad es un crimen que siempre se comete en nuestro nombre.

Jerónimo Pimentel