Más cansancio que algarabía

Una mirada a la obra de Paolo de Lima
Juan Paolo Gómez Fernández (Lima, 1971), conocido en el ambiente literario por el seudónimo de Paolo de Lima, ha reunido su obra bajo un pleonasmo: Al vaivén fluctuante del verso (Lima, 2012). El volumen contiene sus tres libros publicados, Cansancio (1995 y 1998), Mundo Arcano (2002) y Silenciosa algarabía (2009), así como tres poemas inéditos, Rociando mi frente a esas voces sentidas, Huella descaminada y La escritura es una ética.

Paolo de Lima ha declarado desde mediados de los noventa que a él no le interesa “escribir bien”, sino ir más allá de la seguridad de lo establecido por la tradición. Pero lo cierto es que, más que el testimonio de una evolución hacia la madurez artística, esta compilación es la crónica de un aprendizaje lento y esforzado que empieza desde la misma inopia expresiva y finaliza con los frutos más logrados de esta experiencia: algunos poemas elaborados con ajustada corrección.

En general, el trabajo de De Lima no termina de satisfacer debido a las profundas indefiniciones que afectan los proyectos que ha emprendido. En Cansancio, por ejemplo, el autor no decide qué estilo e intención dar a sus poemas y por ello estos acaban siendo inconsistentes estructuras que no califican ni como ejercicios: “El corazón avizora desde un balcón limeño / Transitan chismosas chibolas. Habría // que establecer la conjunción del rechazo y la / indiferencia. Habría que buscar invernales distancias sin Ella. / Sin embargo, no llego / a nacer”. Y cuando en medio del retórico desorden de su debut De Lima pretende la complicidad del lector y conmoverlo, su ingenuidad lo hace fracasar sin paliativos: “Soy feliz escribiendo / porque conocerte es lo mejor que me ha sucedido / (y conocerte también)”.

El desconcierto continúa en Mundo Arcano, aunque aquí De Lima es un poco menos arbitrario a la hora de confeccionar sus poemas. Esta vez elige tópicos acartonados que en realidad son pretextos (el desierto, una noche solitaria bebiendo whisky y escuchando jazz) para sacar de la manga una serie de inocuos artificios que quieren crear la apariencia de una escritura fresca y despojada. Los resultados, sin embargo, encallan siempre en lo trivial: “Los cuatro puntos cardinales son tres: sur y norte / un mal chiste leído en Chile, como los cinco puntos cardinales de Cuba. ¿Y Montreal? Martín Adán habló de Montreal”. Esta sensación de que el poeta carece de objetivos claros parece refrendada por una de las artes poéticas del volumen: “Que si la próxima vez / No sé qué / O sobre qué / Escribir / Hacerlo siempre / Sobre cualquier cosa”.

En cuanto a Silenciosa algarabía, es, sin duda, el mejor libro de los que ha publicado Paolo de Lima. Como ya he apuntado, es un correcto trabajo con el lenguaje que saca adelante composiciones como Cierto y en algún modo semejante y De Boston a Ottawa, que, más allá de ser los mejores poemas que Paolo de Lima hasta ha escrito a la fecha, son los primeros poemas propiamente dichos que este autor ha publicado. No obstante, el conjunto no se ve libre de las imperfecciones y vacilaciones de costumbre, que crean dudosas imágenes como esta: “…el cuerpo y su corazón de tormentas, músculos de hojalata”. Los inéditos que integran la última parte del volumen son una prolongación, sin mayor brillo, de los temas tratados en Silenciosa algarabía, y corroboran la impresión de que De Lima ha alcanzado un mínimo dominio formal con el que puede comenzar, por fin, a plasmar un discurso personal y medianamente fluido.

Lo que nos lleva a decir lo siguiente: a pesar de haber sido iniciada hace casi veinte años, la obra poética de Paolo de Lima recién está por escribirse. (José Carlos Yrigoyen)

[Autor: Paolo de Lima. Libro: Al vaivén fluctuante del verso. Hipocampo editores, 2012. Relación con la editorial: ninguna. Relación con el autor: cordial.]

Diario de un mal año (1): recuento de poesía

No ha sido este un año alentador para la poesía peruana. La campaña electoral afectó mucho la producción cultural, por lo que en definitiva los 8 meses (nadie publica de enero a marzo, como tampoco en diciembre) se volvieron 4. Aún tomando en cuenta ese atenuante, el resultado es pobre: en total, no deben haber llegado a librerías más de 5 poemarios de interés. Las decepciones, por otro lado, no son pocas, tanto entre viejos como jóvenes. Veamos.

Poemario del año

Berlín’, de Victoria Guerrero. En este último capítulo de una trilogía que empieza con ‘El mar, ese oscuro porvenir’ y continua con ‘Ya nadie incendia el mundo’, Guerrero asume riesgos tanto formales como temáticos y consolida un proyecto poético que la pone entre las voces preeminentes de su generación. De lectura obligatoria.

Medalla de plata

Dos buenos regresos. Martín Rodriguez-Gaona por ‘Códex de los poderes y los encantos’ y Giancarlo Huapaya por ‘Taller sub verso’.

En el ‘Codex…’ MRG tiene por lo menos 3 poemas que irán de frente a sus postreros selected poems, como ‘La dueña y los altos oficios’ y ‘Hoy viernes que proso estos versos’. No es poco si tomamos en cuenta lo que decía Gottfried Benn: un poeta, a lo más, escribe  6 buenos poemas en su vida. Huapaya, por su parte, afina su propuesta poética dando un salto enorme respecto a su entrega anterior, ‘Polisexual’. ¿Una curiosidad? MRG escribe: “Por lo demás,/ cada día estoy más consciente de que mi preocupación/ real es ser mujer/ antes que poeta”. Huapaya responde: “Soy mujer por estrategia política”.

Menciones honrosas

John Martínez por ‘El Elegido’ y Miguel Ángel Sanz Chung por ‘La casa amarilla/ Casa abandonada’.

Martínez construye una buena poética en una tradición por lo general desatendida, aunque peca de tímido: hubiera provocado un acercamiento menos seguro a la danza de tijeras. Su mérito está en lo reflexivo/contemplativo, pero el proyecto invitaba a una inmersión más atrevida, menos respetuosa, a la figura del danzak.

Por su parte, Sanz Chung acierta y yerra a la vez. ‘La casa amarilla’ es un buen libro que muestra las virtudes de su autor: cadencia, sonoridad, lenguaje. Sin embargo, estos logros desaparecen en ‘Casa abandonada’, donde exhibe los límites de su propuesta. La pregunta es: ¿había necesidad de publicar un díptico? Creemos que no: ambos libros responden más a una obsesión conceptual que a una real necesidad expresiva, y el precio a pagar es la irregularidad.

Mejor reedición

‘Ruda’ de José Cerna y ‘Contra natura’ de Rodolfo Hinostroza.

‘Ruda’, publicado por primera vez en 1998 pero cuya creación comprende varias décadas, es el único poemario que ha publicado  Cerna. Como su edición príncipe apenas circuló entre algunos pocos lectores, esta reedición, pulcramente realizada por la editorial Sol Mayor en folios libres, propicia el reencuentro con un libro notable, el mejor producto de la corriente estructuralista de Hora Zero.

Por su parte, Lustra nos brindó una nueva y lujosa versión de ‘Contra natura’. Diseño, formato, papel y acabados tributan los 40 años de la edición de Barral de 1971, lo que permite a nuevos lectores disfrutar la obra esencial de Rodolfo Hinostroza, prácticamente inencontrable.

Decepciones

Tres poemarios luchan a pulso en esta categoría: ‘Latitud del fuego’ de Andrea Cabel, ‘Quise decir adiós’ de Enrique Sánchez Hernani y ‘Mares’ de Diego Lazarte.

Cabel apuesta por la fórmula de ‘Las falsas actitudes del agua’ y termina imitándose a sí misma. Es un error frecuente en los autores que se encandilan con su propia voz. La poesía no trata de eso.

Sánchez Hernani confunde testimonio con poema. Nadie duda de lo hondo de su relación con Constantino Carvallo, pero el exceso sentimental, sin un adecuado respaldo expresivo, torna a la poesía en sensiblera.

Lazarte comete el mismo error de Cabel, con el agravante de que en su caso los resultados son menos meritorios.

NOTA. Próxima entrega, recuento cultural: novela, ensayo, teatro, cine, música y otras yerbas.

Balas perdidas (5)

Ajuste de cuentas (con uno mismo)

A medias roman à clef, a medias bildungsroman, ‘País sin nombre’ (Mesa Redonda, 2011) es el debut novelístico del poeta José Rosas Ribeyro, conocido sobre todo por su estupendo poemario ‘Curriculum Mortis’ (1985; hay un pequeño lote de ejemplares redescubiertos que se puede encontrar en Librería Inestable).
La novela funciona como una suerte de visión de parte de una época, entre los sesenta y setenta, donde las militancias políticas y poéticas eran los tránsitos naturales de eso que hoy se llama “lo publico” y “lo privado”. Así, como telón de fondo del descubrimiento vocacional, las ansias revolucionarias y el despertar hormonal de Javier Rosales Riquelme -el evidente alter ego del autor-, vemos pasar los procesos sociales peruanos apenas maquillados, como la instalación de la dictadura militar de Velando o las veleidades del partido arpista; junto a eventos propios de la movida literaria de la época, como la creación del grupo Nueva Era (anunciada en la revista ‘Máscaras’) o el nacimiento de la poesía del cuerpo a partir de la edición que Rosales y Elmer Bustos hacen de una poeta suicida llamada María. Como dice el disclaimer inicial: “…toda similitud con personajes, hechos y lugares reales es pura coincidencia”. En fin.
Ya en este punto podemos mencionar un primer apunte crítico: la novela de JRR nunca alcanza la autonomía suficiente como para que nos podamos desasir del correlato de realidad al que continuamente alude, razón por la que creemos que hubiera sido más provechoso evadir la excusa ficcional. Esto podría ser un problema de lectura, pero el autor pone mucho de su parte en ello: tal vez la resistencia confesa que JRR tiene por el narrador omnisciente lo obliga a insistir en una visión unívoca, lo que torna a la novela plana (Bolaño salvó el escollo al hacer polifónica la segunda parte de ‘Los Detectives Salvajes’); la fruición por el anecdotismo es, por decir algo suave, incontinente (522 páginas); y la poca pericia técnica del autor termina por reforzar la sensación de que ‘País sin nombre’, más que una novela, pudo ser una buena memoria, si existiese la costumbre de hacerlas.
No es que confundamos realidad con ficción, pero no podemos dejar de señalar el efecto paródico del recurso. No sirve de nada, como le exigía Eliot a los críticos, que éstos juzguen a una obra por lo que no quiso ser, pero la excepción aquí parece justificada: ¿por qué llamar Verdejo a Vallejo y parafrasear malamente sus versos? ¿Tiene algún sentido literario decir que el famoso verso de María Emilia Cornejo no es “soy la chica mala de la historia” sino “la chica pérfida” con el único fin de mantener la verosimilitud interna, la cohesión ficcional?
Otro problema tiene que ver con la ambición. Cualquier novela que exceda el medio millar de páginas está condenada a ser magnífica, pues no se entiende otra razón para privar al lector de ese hermoso recurso que es la economía de lenguaje. En cambio, en ‘País sin nombre’ nos encontramos con cambios temporales caprichosos que no responden a una estructura pero que sirven para crear largas digresiones sobre lo que el autor piensa del mundo; metáforas dudosas, como aquella que compara a un hombre durmiendo en la cama con un “taco mexicano bien caliente” (defecto grave en tanto la buena poesía de JRR prometía una prosa más atildada, expresiva y musical); y serios problemas al momento de plasmar la oralidad, como cuando se le hace decir a un personaje que la comida nacional es “para chuparse los dedos” o a otro que lo acompañe “sin chistar”. Finalmente, el espíritu de fabulación es contradictorio: el autor no ha tenido problemas para desarrollar los episodios más nimios, en cambio, nos regala de vez en cuando hartazgos como éste: “Después, hablamos de algo más pero ya no me acuerdo de qué y me da una enorme pereza inventar ahora un diálogo adecuado para la escena”.
La novela repunta, en cambio, cuando la voz se detiene en los procesos emocionales para ahondar en algo que aún no está suficientemente literarizado: la educación emocional de la época. En algún momento de los setenta en ese país sin nombre tan parecido al Perú se mezclaron demasiadas corrientes a la vez: marxistas y maoístas duros con guerrilleros románticos guevaristas, militares revolucionarios con represivos, sindicalistas y diletantes, beats y hippies, migrantes y criollos, etc. La gran historia que aún no se cuenta y que aquí se vislumbra tiene que ver con esos humores y calores, con ese juego emocional y sentimental detrás de las ideologías. Los personajes masculinos que hubieran podido crear estas dinámicas, sin embargo, no están del todo desarrollados, ya que el autor apuesta solo por uno, adivinen quién. Aún así, ‘País sin nombre’ tiene el raro acierto de crear un puñado de secundarios femeninos memorables, como Magda, La Chola y Carolina, que bien pueden figurar en una antología del amor revolucionario junto a la Tamara Fiol de Gutiérrez.
‘País sin nombre’, en el balance final, es un producto narrativo poco convincente. No podemos dejar de pensar, de todas formas, qué hubiera sido del libro con 200 páginas menos y un buen editor. (Jerónimo Pimentel)

[José Rosas Ribeyro, País sin nombre (2011). Grupo Editorial Mesa Redonda. Relación con la editorial: ninguna. Relación con el autor: cordial].
Esa fuente existe

La primera etapa de la obra poética de Sonia Luz Carrillo (Lima, 1948) se inicia con Sin nombre propio (1973) y llega hasta Tierra de todos (1989) abarcando cuatro libros en total (los otros son …Y el corazón ardiendo, de 1979, y La realidad en cámara oscura, de 1981). No hay diferencias significativas entre estos volúmenes: se trata de una poesía en arte menor, de ínfulas contestatarias, intermitentemente progre, panfletaria en sus peores momentos (como su poema Concurso de belleza, que acaba así: “Ha salido ganador / el ejemplar / que se asemeja / al prototipo que impone la metrópoli. / Dentro de poco/ será exhibido/ en el circo de Bob Hope / allá, en el Vietnam”) y a la vez con pasajes hogareños, líricos e introspectivos que intentan atenuar cierta sensiblería recurrente con una ironía que en el mejor de los casos puede resultar simpática (“Dime Safo, / tú que también fuiste hembra / e intentabas poesía / ¿Fuiste también tenida / en bello / apetecible / gran estorbo?”).

La segunda etapa de la obra de Carrillo se inicia con Las frutas sobre la mesa (1998), que, sin llegar a las alturas de otros compañeros de promoción setenteros, es sin duda su mejor libro, bastante menos ingenuo y expresivamente más cuajado que sus poemarios anteriores. Carrillo deja de lado sus veleidades revolucionarias y realiza un correcto ejercicio de autoconocimiento al que no escapa su trabajo con la palabra ni el arreglo de cuentas con el pasado:“A tiempo nos pusimos a distancia / de discursos envejecidos por los acontecimientos”. Trece años después Sonia Luz Carrillo entrega Callada fuente(2011), libro que constituye su vuelta al ruedo luego de la tentativa de reformulación temática que significó Las frutas sobre la mesa.

La primera impresión que tengo es que en este libro asistimos, por decirlo de alguna manera, a una parcial blancavarelización. El primer poema –uno de los mejores que ha escrito Sonia Luz Carrillo, sin duda- recuerda a la poeta de Canto villano por su estilo, su ácida ironía, sus símbolos: “Cría cuervos / Amamanta / Sus pliegues, sus dobleces // Nada de lo que hagas / Tiene garantía alguna / De ser útil o perfecto // Cría pacientemente / estos inútiles objetos / hasta que te saquen // Las pupilas llenas de asombro”. Esta impresión se repite en varios otros poemas, como Partida, Frente al pacífico u Ojos de ver, que, sin ser necesariamente logrados, comparten similares características.

Luego del primer poema el encanto se rompe rápidamente. Nos encontramos con varias fórmulas eficazmente empleadas, con poemas que se contentan con estar bien escritos, con apuntes que quieren ser poemas con trascendencia y rotundidad y se agotan en el intento (“Largo café / bebido en honor / del instante huidizo // Ingenio / de las frases // Emoción apresada // Conceptos macerados // Conciencia de lo inasible”), y con textos inapelablemente fallidos, como aquellos donde la poeta nos sermonea sobre los males de la era digital (“Oponer el pulgar/ no basta. / Se sabe / desde antiguo (…) Oponer el pulgar no basta / Frente al aparato / que clama respuesta / que solo pide el dedo pulgar / sumiso / inconsciente / obediente / no basta oponer el pulgar”; “Alguien llama, comenta su soledad / Alguien envía un correo / sobre su soledad / Alguien proclama en el ciberespacio su soledad (…) Escribo a solas / Me encuentro entre páginas / escribo / a solas / la palabra / libertad”. ).

Pero lo que más afecta el buen desarrollo del libro es el problema que ha padecido Carrillo desde su libro debut: su nulo interés por emprender una búsqueda estilística personal, su terca convencionalidad, su preferencia por adquirir oficio más que por arriesgar una evolución. Después de la búsqueda de certezas luego de tres décadas de dudas que representó para Carrillo Las frutas sobre la mesa, en Callada fuente ha terminado por elegir –o más bien refrendar- el conservador camino de lo conocido, de lo inofensivo, de lo estipulado de antemano. Por ello, aunque es bastante mejor que sus libros de los años setentas y ochentas, Callada fuente es un paso atrás en la obra poética de Sonia Luz Carrillo, luego de su poemario anterior, mucho más fresco y auténtico. (José Carlos Yrigoyen)

[Sonia Luz Carrillo, Callada Fuente (2011). Paracaídas editores. Relación con la editorial: ninguna. Relación con el autor: ninguna].

Ego Nacional de Poesía

Hace varios años entrevisté a Martín Caparrós a propósito de una visita a Lima. Dentro de las varias cosas que me sorprendió de su conversación, recuerdo sobre todo dos: primero, su odio a Osvaldo Soriano, quien según él caminaba por los cafés de Buenos Aires con una libreta en la mano para nutrir su lista negra de enemigos (en la que estaba él); y segundo, que le gustaba que el Perú no tuviera un Premio Nacional de Literatura. Antes de escuchar su argumento lo miré con escepticismo, luego de lo cual me dio una larga aclaración que tenía que ver con la relación que establecían los intelectuales con el poder. Esa vez la conversación devino en México, su sistema de becas, el silencio comprado durante el PRI y el debate Vargas Llosa-Paz por aquello de la “dictadura perfecta”. Si la conversación hubiese tenido lugar hoy, estoy seguro de que el ejemplo hubiera sido Argentina, los “intelectuales K” y Vargas Llosa de nuevo, solo que esta vez por el affaire de la Feria del Libro.

Bueno, el punto es que Petroperú está relanzando los Premios Nacionales de Fomento a la Cultura en coordinación con el Ministerio de Cultura, en virtud de un memorándum firmado hoy donde se establece lo siguiente:

La propuesta incluirá premios en las categorías Premio Nacional a la Trayectoria Artística (recuperación del Premio Nacional de Arte y Literatura), Premio Nacional de Talento Creativo (dirigido a reconocer a personas que han sobresalido en algún ámbito de la creación cultural, sin importar la edad o trayectoria), Premio a las Buenas Prácticas Culturales (dirigido a instituciones y empresas que fomenten la cultura nacional) y el Premio Especial  (entregado de manera excepcional por circunstancias o aniversarios culturales muy relevantes).

Más allá de la tierna ambigüedad de la última categoría, y de que estas están más o menos determinadas, la pregunta es ¿cuál sería la mejor modalidad para un Premio? Algunas de las opciones son:

1.     Mejor obra del año (como en los extintos Premios Nacionales).

2.     A la carrera de un artista (lo más lógico, en tanto el Copé funciona como un premio anual).

3.     Con dotación económica única.

4.     Con dotación económica y pensión vitalicia (como en Chile).

5.     Bianual (como en Chile).

6.     Con modalidad juvenil (Premio Poeta Joven del Perú).

7.     Becas por proyecto (México y Chile).

8.     Pensión mínima por registro municipal (el descabellado modelo argentino).

9.     “Poeta laureado” (el modelo anglosajón, ya sea Congreso –un despropósito- o la reina –que no tenemos-).

De aquí surgen muchas preguntas.

¿Qué disciplinas califican como premiables? En un escenario pesimista, incluso la gastronomía (¿por qué insisten en que es arte?), lo que nos haría una caricatura de país.

Luego, ¿quién decide? Dejar este rol a la burocracia (delegados del INC, del Ministerio de Cultura, etc.) sería negligente. Y por otro lado, un jurado, por definición, forma un canon: ¿quién determina cuál es? ¿Susana Baca? ¿Su esposo? ¿Un corral de vacas sagradas? Otra opción es que sean académicos respetables. El modelo Copé convoca a un profesor de la Pucp, a otro de San Marcos, a alguien de la Academia Peruana de la Lengua y a un representante propio. Bien, ¿qué ha asegurado este modelo de terna en los últimos años? Prácticamente la invisibilidad y el poco nivel de los ganadores, con contadísimas excepciones que habrá tiempo de nombrar otro día. Si no falla el estímulo, que en el caso del Copé es cuantioso, ¿cuál es el problema? ¿Los creadores o quienes eligen?

Grosso modo, podemos hacer ya un balance de ventajas y desventajas obvias.

Es increíble que escritores como Rodolfo Hinostroza o Enrique Verástegui, cuyo trabajo es largamente utilizado en materiales educativos a cambio de nada, no posean ningún tipo de reconocimiento (el Premio Southern, de frecuencia casi esporádica, es insuficiente). Evitar lo que le ocurrió a Paco Bendezú o a Alejandro Romualdo con alguna iniciativa de este tipo ayudaría a paliar el múltiple abandono que sufren los artistas. No es un abandono retórico: los narradores de éxito y los libros de autoayuda demuestran que el Estado no es capaz siquiera de respetar sus propias reglas, así que si éstos dependen del éxito en el mercado, por la piratería, están perdidos.

En el lado negativo, figura la posibilidad siempre latente de generar redes de clientelismo. En México y Argentina este modelo ha alcanzado el paroxismo, al punto de que se hace imposible escardar la mediocridad de la luz. Y por otra parte, ¿no es parte de su atractivo, y aquí hablo ya solo de poesía, la distancia respecto al mercado, su coexistencia al margen de, ese tono impoluto que cobra por no responder a las reglas capitalistas (por tiraje y ventas difícilmente la poesía es un producto, a lo más, una artesanía)?

Por último y no por ello menos importante, ¿qué piensa el lector?

Jerónimo Pimentel

El libro perdido de Hinostroza

El mundo de la inteligencia, 1967

La primera vez que oí de este asunto fue en 1996, durante una conversación con el poeta Bruno Mendizábal en su conventual departamento de San Felipe. No sé de dónde salió el tema, pero Bruno me contó una de las leyendas más oscuras de la poesía peruana contemporánea: que Rodolfo Hinostroza, el gran poeta de Consejero del Lobo (1965) y Contra natura (1970), había publicado un libro luego de su primer poemario, pero que, arrepentido a los pocos días, lo retiró de todas las librerías y se deshizo de casi toda la edición completa.

La historia era interesante, pero había que tener el libro en las manos para confirmarla.

En quince años habré escuchado dos o tres veces más esa historia, aderezada con otros detalles o plenamente modificada (otra versión aseguraba que el autor era el padre de Hinostroza, Octavio, que también fue poeta bajo el seudónimo de Gabriel Delande, editado crípticamente por su hijo). El diccionario bibliográfico de poesía peruana 1965-1979 de Jesús Cabel confirmaba la existencia del volumen, atribuyéndoselo a un enigmático Hinostroza a secas. El libro se llamaba El mundo de la inteligencia y había sido publicado en 1967 nada menos que por Ediciones de la Biblioteca Universitaria, la misma casa editora que lanzó ese mismo año la célebre antología Los nuevos, de Leonidas Cevallos, y luego algunos libros de Julio Ortega. Toda la evidencia estaba en las sombras. Para colmo, un par de años atrás un periodista me contó que le había preguntado a Rodolfo Hinostroza por ese libro en un cuestionario escrito y que este había preferido no contestar nada al respecto.

Era demasiado. Había que conseguir El mundo de la inteligencia de una vez. Así que recurrí al librero y poeta Carlos Carnero, quien administra la imprescindible librería Inestable de la calle Porta. Carnero me vendió un ejemplar hace unas horas. Luego de dos lecturas y de revisar el libro con la minuciosidad con la que un arqueólogo escudriña una daga babilónica que acaba de rescatar del polvo, puedo ir anotando unas conclusiones preliminares a favor y en contra de la teoría de que este es el hijo literario no reconocido de Rodolfo Hinostroza Clausen.

A favor:

1)     La dedicatoria reza: “A la memoria de Octavio P. Hinostroza, mi padre”. El padre del auténtico Hinostroza, se llama, como ya dije, Octavio. El dato hasta este momento no confirmado (pero que el Hinostroza verídico podría aclarar fácilmente) es si el segundo nombre de Octavio Hinostroza Figueroa comenzaba con P. Si la respuesta es no, no hay mucho más que alegar.

2)     Debe quedar claro desde ya que El mundo de la inteligencia es un mal libro. Su autor, sea quien sea, pretende reflexionar sobre la naturaleza humana, la psicología, los procesos del pensamiento, el alma, el amor y el sexo en una clave entre aforística y sentenciosa, pero cierta ingenuidad y grandilocuencia, además de un experimentalismo demasiado elemental, arruinan buena parte del conjunto. Sin embargo, no es tampoco tan malo como para desechar la posibilidad de que sea el gazapo de un autor talentoso. Aquí y allá encontramos fragmentos, breves poemas que delatan a un autor de un nivel mayor que el de tantos vates desconocidos y anodinos que forman la tercera división de la poesía peruana.

3)     El mundo de la inteligencia fue publicado por las Ediciones de la Biblioteca Universitaria, una editorial estimable que, en conjunto con La Rama Florida o en solitario, entregó varios libros de poetas de nivel, además de antologías valiosas como la emblemática Los nuevos. Se dice que el autor de El mundo de la inteligencia era un ignoto poeta de Huancayo que surgió prácticamente de la nada. ¿Cómo llegó este escriba anónimo, que no ha dejado una sola pista en la historia de la poesía peruana a publicar en una editorial con un catálogo más o menos de nivel? ¿Quién lo contactó? ¿Ninguno de los encargados de la editorial lo recuerda? ¿Llegó realmente a venderse este poemario en librerías?

4)     Y estas preguntas nos llevan a otras: si realmente Rodolfo Hinostroza no es el autor de El mundo de la inteligencia, ¿quién es?  ¿Qué fue de él? ¿Lo conoce algún habitante de Huancayo? ¿Por qué publicó su libro solo con su apellido? ¿Qué quería ocultar este “Hinostroza”?

5)     Aunque esta prueba es sumamente circunstancial, hay que anotarla: si El mundo de la inteligencia es el libro de un ilustre desconocido, ¿por qué los libreros que lo venden siempre le asignan precios altos, a la par de los poemarios de autores conocidos y reconocidos? He podido encontrarlo hasta en ochenta soles; mi ejemplar costó cincuenta. ¿Qué libro de un poeta sin mayor fama ni brillo llega a tanto? ¿O uno no compra el libro en sí, sino la pintoresca leyenda que lo envuelve?

6)     Y, finalmente, este libro podría ser de Rodolfo Hinostroza porque la vida suele parecerse a una novela de Bolaño.

En contra:

1)     Jerónimo Pimentel le preguntó hace poco al buen Rodolfo si él era el autor del librito de marras. Luego de reírse estruendosamente, declaró que estaba harto de que le hicieran esa pregunta, y que él no era el autor de ninguna manera. Es más, afirmó que nunca había leído El mundo de la inteligencia. Ni siquiera había tenido un ejemplar en las manos. “Carajo, ese libro me persigue”, suspiró, dejando así el asunto cerrado.

2)     Una tercera persona, el ubicuo José Rosas Ribeyro, asegura que ese libro es una farsa, que  conoció a su verdadero autor, un personajillo que vagabundeaba por los bares del centro –del que no nos pudo dar su nombre- y que El mundo de la inteligencia fue apenas un vano intento por conseguir algo de notoriedad. Rosas afirma que nada en ese libro es verdad; según él, ni siquiera fue editado por las Ediciones de la Biblioteca Universitaria. La intervención de José Rosas abre otra posibilidad sobre la autoría real de este poemario: ¿Y si fue el juego de uno o más individuos con mucho tiempo libre y ganas de confundir a los lectores limeños de poesía? Aunque es una de las teorías menos probables, no debemos descartar esa posibilidad.

3)     El estilo del libro no tiene nada que ver con el de Rodolfo Hinostroza. Una lectura sesgada y tendenciosa puede hallar algún verso que lo relacione con el poeta de Nudo Borromeo (“el libre albedrío / determina su futuro / No hay horóscopos escritos / que encaminan / ni mala suerte / que asuste / el niño / no tiene más ejemplo que nosotros mismos”), pero en general los poemas no tienen puntos de contacto con la obra oficial de nuestro autor.

4)     Ninguno de los críticos que han estudiado la obra de Rodolfo Hinostroza –que no son pocos-  considera este libro como probable parte de su corpus poético. Es más, incluso se dice –no he podido confirmar aún este dato- que José Miguel Oviedo llegó a publicar una nota en la prensa advirtiendo que El mundo de la inteligencia no era de ningún modo el segundo libro de Hinostroza.

Estos son, pues, las conjeturas y datos disponibles. Si algún parroquiano de NMM tiene algo más que agregar, o posee la llave que abre este enigmático baúl, adelante: diríjase a la sección de comentarios y despáchese con todo. El premio para el que resuelva este acertijo es un paquete con la obra completa de Winston Orrillo. No pierda esta única oportunidad.

(José Carlos Yrigoyen, en colaboración con Jerónimo Pimentel)

Balas Perdidas (4)

Versos de memoria

Enrique Sánchez Hernani acaba de publicar su última entrega poética, ‘Quise decir adiós. In memoriam Constantino Carvallo’, un homenaje-diálogo en verso con el educador tempranamente fallecido. Sánchez Hernani ha pretendido construir un libro en el que la memoria, la emoción y las referencias culturales y mediáticas se conjuguen para desarrollar un discurso directo, cálido, intimista y moderno donde asentar sus obsesiones; algo parecido a ‘Vinilo’ (2006), su entrega anterior.

Luego de ‘Altagracia’ (1989), su mejor libro, ESH ha dado a la luz una serie de poemarios labrados a partir de un lenguaje funcional, convencional y sumamente sencillo, haciendo uso de un aliento confesional que no se diferencia demasiado del que ya habían trajinado veinte años atrás los poetas del sesenta y setenta. ‘Pena capital’ (1995) y ‘Música para ciegos’ (2001) son, por ello, conjuntos previsibles, demasiado seguros en su retórica de eficacia comprobada, casi las crónicas de un poeta mal adaptado a los tiempos que corrían. ‘Vinilo’ fue recibido por algunos reseñadores como el regreso de ESH después de una década insatisfactoria. Ciertamente este libro es bastante mejor que los anteriores, aunque su propuesta, entablar una serie de vasos comunicantes entre su pasado personal y su pasión por el rock and roll, no resultaba del todo lograda por cierta tendencia a poetizar el lugar común y a versificar algunos textos que más que poemas eran anécdotas de juventud y adolescencia.

‘Quise decir adiós’ tampoco escapa de estos problemas. Uno tiene la impresión de haber leído ya esas mismas estampas, recuerdos, referencias y tonos en la obra de ESH, como si su espacio poético estuviera clara y severamente delimitado y solo dispusiera de un escueto número de elementos para poder maniobrar: sus relaciones familares, las estrellas de rock y del cine, la lejana adolescencia. Entre estos tópicos inamovibles de vez en cuando aparece la figura de Carvallo, que muchas veces no es más que un pretexto para sacar a relucir los temas de siempre: “Dime Constantino: ¿Cómo está John Lennon? / ¿Sigue tan delgado o a compuesto nuevas / canciones? ¿Extraña a Yoko Ono / o hubiese preferido hacer las paces con McCartney? / ¿Hendrix sigue tomando barbitúricos? /¿Es cierto que Marilyn Monroe continúa tan bella / como cuando se le ocurrió la maldita idea / de tragarse un frasco con todas aquellas pastillas?” Este fragmento podría haber aparecido en ‘Banda del sur’, libro de 1985, o incluso en ‘Violencia del sol’, de 1980, sin ningún problema ni discordancia. A estas alturas parece lícito preguntarse cuál es el sentido de la obra de ESH, cuál es su dirección o su objetivo. Como depósito de remembranzas, como homenaje a la música de los años de aprendizaje o como expresión de su cotidianeidad ha sido ya usufructuada hasta el agotamiento. Por eso no resulta atrevido afirmar que desde los ochenta hasta hoy resulta difícil hallar en sus poemas la más mínima evolución formal o temática; incluso es posible decir que desde ‘Altagracia’ su poesía ha sufrido una involución.

‘Quise decir adiós’ es el legítimo tributo de un amigo a un compañero que abruptamente se marchó para siempre, una prueba de persistencia en el oficio, pero sobre todo es la confirmación –una más- de la obsolescencia de ciertas corrientes de la poesía conversacional. Y que persistir en ellas, sin ningún interés en revitalizarlas, es persistir en el error. (José Carlos Yrigoyen)

Saltos poéticos

Símbolo arguediano por excelencia, el danzak es recuperado por John Martínez (Lima, 1981) para montar un aproximación en verso a la danza de tijeras. A pesar de la voluntad telúrica, no hay antropología en ‘El Elegido’ (Katatay, 2011): Martínez es un autor de vocación lírica preocupado por hallar ese rastro de poesía que el quechua deja en el castellano cuando se ejecuta bien. La aproximación es correcta; cada idioma tiene una sensibilidad y Martínez se vale de ambos (“no importa tu lengua/ importa tu saliva”) para montar un poemario de estructura casi secuencial, en el que el lector/espectador “visiona” la coreografía mágico-religiosa de los hijos del diablo. Buena parte de la clave del libro consiste en hacerse de esa sensibilidad, de esa mirada: “solo el Elegido ve”, se nos recuerda, confirmando un verso previo: “la noche tiene demasiada luz para mis ojos humanos”. El poemario, es cierto, no es ambicioso. Para ello hubiera sido necesario situar al “yo” como protagonista de la danza (o disolverlo en ella) y no como respetuoso asistente de la misma. Esta humildad reverencial, sin embargo, posee un pequeño encanto: poder recrear, desde distancias variables, esa sacralidad panteísta tan propia del mundo andino en la que arte y religión aparecen confundidos para evocar, en sus palabras, “lo fértil de la verdad invocada por el baile”. En contra, podríamos señalar algunas limitaciones: cierto entusiasmo publicitario que debería contenerse para no estropear algunos poemas (“Ayacucho// tierra joven corazón antiguo”); algunas erratas que hubieran podido ser evitadas con un mínimo esfuerzo (“circulo” por “círculo”, lo que no corrige Word); y el ya mencionado “descripcionismo“, que lo aleja del fructífero vanguardismo andino (piénsese en Churata) en pos de una estética con menos riesgo, en sus valles, simplemente convencional.

Con el perdón del parafraseo, no es un gran paso para la humanidad (como lo fue ‘La agonía de Rasu Ñuti’), pero sí un enorme salto para Martínez. Hay un aquí un poeta en busca de un lenguaje y tenemos pistas de que lo puede hallar. (Jerónimo Pimentel)

Tranströmer llega a Perú el 2012

Bueno, su literatura.

El poeta Víctor Ruiz Velazco, quien también dirige el sello de poesía Lustra, tiene cerrado un trato para publicar una antología del Nobel sueco en Perú. Si el premio no obstaculiza el acuerdo, habrá una edición local del galardonado poeta en la primera mitad del próximo año.

¿Qué contacto has tenido con Tomas Tranströmer?

Pierre Emile Vandoorne, editor de Matalamanga, quien representó a la ALPE (Alianza Peruana de Editores) en la Feria del Libro de Frankfurt del año pasado, participó en varias mesas de negociaciones con editores y, entre otros, se contactó con un editor venezolano que publica poesía. Este le comentó que tenía un libro de Tranströmer que quería coeditar. Pierre Emile lo contactó conmigo y el editor me escribió. Convenimos sacar una coedición que circularía en Venezuela y Perú en 2012.

¿Qué libro vas a publicar del Nobel?
Se trata de una amplia antología general que incluye un texto autobiográfico. Creo que es un buen libro para dar a conocer a un autor como Tranströmer a un público mayor.

¿Son las mismas traducciones que publicó Tranströmer en Nórdica el año pasado en España?
No. Esa es la traducción de Roberto Mascaró y seguramente los derechos ya solo le pertenezcan a Nórdica. Cuando firmas con un editor español, estos se aseguran los derechos no solo en su país, sino en todo el mundo de habla hispana. Aunque quizá, como las traducciones de autores suecos, daneses y en general de los nórdicos son financiadas por sus respectivos estados, el asunto no sea tan rígido en ese sentido.

En la tradición nórdica, ¿dónde ubicarías a Tranströmer?
La tradición nórdica se caracteriza por una visión intimista del hecho poético. Pueden desarrollar esta poética en sus clásicos poemas-río (muy usuales en la poesía finlandesa, Paavo Haavikko con su ‘Palacio de invierno’ es emblemático) o en poemas de mediana y corta extensión; pero la sensación que siempre te dejan es que su poesía es en esencia un “mirar hacia sí mismos”. Tranströmer comparte esta visión y “tono” que podríamos llamar reflexivo, pero lo densifica con una propuesta “imaginista”, por llamarla de alguna manera, utilizando el sentido poundiano, sobre todo en sus haikus y en los poemas de su primera y segunda etapa.

Lustra de alguna manera ha “heredado” la labor de Renato Sandoval en Nido de Cuervos. ¿Cómo definirías la relación actual entre las letras suecas y peruanas?
Básicamente el contacto con la poesía nórdica se produce a raíz de la lectura de autores que Renato Sandoval publicó en su sello editorial Nido de Cuervos, donde priman los poetas finlandeses como Södergran, Haavikko y Agren, así como algunos daneses. De estos últimos, probablemente el más conocido —y mi favorito, por cierto— es Thomas Boberg, quien además vivió muchos años en Perú. Los suecos son los menos conocidos aquí, aunque de hecho Tranströmer es el poeta sueco más difundido y traducido mundialmente, quizás porque incorpora a su discurso elementos de otras tradiciones como la oriental. En Perú hay dos momentos donde la relación entre la poesía nórdica y la peruana se entrelazan fuertemente: los años 50 y alguna pequeña facción de la poesía que se escribe entre finales de los 90 y comienzos de los 2000.

Jerónimo Pimentel